📖 Teoría Pura de la República (12. MATERIA REPUBLICANA) Audiolibro 📖
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Materia republicana. Si se tuviera que elegir una sola perspectiva desde la que contemplar la aventura del pensamiento occidental, tendría que situarse en el eje de la polaridad que enfrenta a grupos de individuos con la sociedad. La historia de los acontecimientos gira en torno a esos conflictos. La historia de las ideas políticas se ha centrado en los modos de resolverlo. Esos modos, cuando fueron asumidos por la parte más potente o dinámica de las colectividades nacionales, se convirtieron en las concepciones del mundo llamadas ideologías. En las pequeñas comunidades primitivas no existía la polaridad causante del conflicto. Sus miembros, siendo individuos orgánicos, no podían tener conciencia de su singularidad. Pensaban y obraban en función del grupo. La tensión aparece cuando la insuficiencia de recursos determinó la división en mitades de las comunidades transhumantes si pasaban de 200 miembros aproximadamente. Una mitosis social análoga a la celular e incluso a la que parece producirse en la fisión atómica según la teoría física de cuerdas. La tensión latente se convirtió en conflicto declarado cuando la suficiencia de recursos alimenticios despertó y extendió la creencia social de que el bienestar del individuo no tenía por qué coincidir con el de la comunidad, creencia típica del colono que roturaba las fértiles praderas norteamericanas. Tocqueville observó que esa mentalidad estaba desarrollando allí un individualismo posesivo a la par que la igualdad social. La Gran Depresión elevó a la presencia de Estados Unidos a Hoover, apologeta del individualismo puro, mientras que en Alemania la holística ideología del nacionalismo total creó a Hitler. La polaridad individuo-sociedad no se entiende si se reduce el individuo a una sola de sus dimensiones. La singularidad, sin contar con la primaria, la común, la genética, igualdad nativa. El individuo, sustancia indivisible, dio base a su unión hipostática en la persona. Cicerón vislumbró el enigma de la distinción entre individuos y dividuos, y Jacob Burckhardt situó en el Renacimiento el impulso hacia el supremo desarrollo individual, sin percibir que el individuo medieval, de donde venía la renacentista, aún imponía un sentido individuacional a la muerte y al juicio final. La muerte y Dios individualizan la especie. Leibniz analizó el principio de individuación como individualización. La filosofía posterior, incluso la de Kant, no salió de esa confusión. Y la ideología liberal concibió la sociedad en términos individuales al tomar el modelo de hombre económico como arquetipo del hombre político. El individualismo metodológico pretendió ser científico y, sin embargo, no pudo explicar por qué en la sociedad que es anterior al individuo hay comportamientos sociales que no están en las conductas individuales. La libertad política, no las libertades personales, sería utópica si la antropología hubiera demostrado que los rasgos orgánicos del individuo indivisible e integrado en su especie grupal de individua han desaparecido por completo en el individuo singular y egoísta del mundo moderno. El altruismo, excluido del campo económico, nuclea la familia. La vecindad, la amistad, el amor y el patriotismo. La afirmación de que todos los comportamientos sociales se explican por los individuales sería, como dijo Durkheim, el primer paso hacia la negación de la comprensión sociológica. La libertad colectiva, difícil de idear por seres totalmente individualizados, aparece en la evolución de la especie como necesidad vital de las personas y grupos que conservan el instinto de la lealtad genética a la humanidad que los produce. Al analizar el individuo desde el punto de vista de la posibilidad de su individualización, Hegel consideró al hombre meramente particular como ente incompleto que no llega a ser universal. Los idiomas indoeuropeos expresan con vocablos distintos las acciones de individuar y de individualizar. Sintieron la necesidad de distinguir entre hacer lo dividu algo indivisible y hacer lo individu algo particular o singular, entre producir seres de igual naturaleza y dotarlos de predicados diferentes. entre multiplicar seres sustancialmente indiscernibles y discernirlos por sus accidentes singulares. La especie humana es divisible, puede imaginarse su exterminio casi total, y el residuo seguiría siendo no una especie distinta, sino la especie humana. La inmortalidad relativa de la especie humana requería la producción incesante de seres mortales que la individuaran. Esta operación evolutiva precisaba de un código genético que transmitiera a todos los seres indivisos un mismo instinto de lealtad orgánica a su especie. La inmortalidad de la especie resultaría, así, de la mortalidad de sus individuos. La evolución no actúa sobre la especie, sino en los individuos. Pero la unidad de evolución no está en el individuo, sino en el binomio heterosexual que lo crea. Mientras haya una pareja reproductora, habrá especie. Los mitos diluvianos lo simbolizaron. La individuación humana opera en el cigoto. La individualización en el entorno cultural donde se inserta el individuo. La pareja dividua produce individuos. La sociedad, individualidades. La adaptación a cada nicho cultural ocasionó el desigual desarrollo individual a costa de la amortiguación del instinto individuante de lo colectivo que la especie perpetúa. Para crear individuos, la pareja dividúa se hace la ilusión de que ella misma se individúa en el abrazo del amor reproductivo. Lo individual creó los derechos de la persona, la ideología liberal y el anarquismo. Lo individual, colectivo, las ideologías nacionalistas, socialistas y comunistas. En la polaridad que enfrenta lo individual y lo individual pasó desapercibida la función mediadora del principio de individuación. Distintas ideas filosóficas quisieron identificar el factor individuante de la especie humana cuando la ciencia biológica aún no había nacido. La materia, siendo potencia genérica, no reconoce, sin el concurso de la forma específica, sólo distingue clases típicas de individuos, a un hombre de un árbol, y a la forma humana no distingue a Pedro de Pablo. De ahí que el pensamiento medieval creyera que el principio de individuación no se podía demostrar, sino sólo mostrar con la existencia de cosas singulares, Tomás de Aquino lo encontró en las notas individuales, o sea, en lo que consta en partidas de nacimiento y documentos de identidad. Estas ideas escolásticas filtradas por el tamiz de Suárez llegaron a Liebnitz. Y este genio, sin acudir a su propia concepción monádica del mundo, no salió del escotismo ni del aquinismo al fundar la individuación en la entidad individual, círculo vicioso, o en los factores de lugar y tiempo, como haría después Kant. El pensamiento moderno no se distinguió del medieval. El descubrimiento de que los procesos de individuación y de individualización se complementan en la evolución de las especies, trastornó los presupuestos que condicionaron las ideas políticas sobre la relación del individuo con la sociedad. Eso no exigía que la ciencia política fuera un calco de la biología, como pretendieron los defensores del darwinismo social, de la física social y de la ética evolucionista. La libertad actuante en el proceso de individualización personal orientado por la cultura no se explica con el proceso de individuación determinado por la genética. Donde hay determinismo no puede haber libertad. La lucha de clases sociales no está basada en la lucha por la supervivencia de la más apta, ni el nacionalismo lo está en la superioridad genética de una comunidad sobre otra, pues la evolución natural no actúa sobre las clases o las naciones, sino exclusivamente en el comportamiento humano que el entorno cultural es tan decisivo o más que el código genético neuronal. Por eso la política, como fenómeno colectivo, ni puede copiar simplemente las leyes naturales ni tampoco ir contra ellas. Sería antinatural considerar a las personas como átomos de la materia social, bien para hacerlas iguales, socialismo, como si el principio de individualización no las hiciera forzosamente diferentes. o bien para mantenerlas en la diferenciación social, liberalismo, como si el principio de individuación no las hiciera sustancialmente iguales. El subterfugio pretexto de los derechos sociales y de los derechos individuales no puede ocultar a estas alturas el conocimiento de la materia social, la falsedad congénita de las ideologías liberal y socialdemócrata residuales en los actuales partidos europeos, ni el primitivismo de las mitosis nacionalistas en tiempos de abundancia de recursos, con separatismos periféricos en pequeños nichos nativos. La aplicación del principio de individuación a la ciencia política, sobre la que hasta ahora solo intervienen los de individualización y socialización, obliga a encontrar la unidad irreductible de la acción colectiva que, como unidad de evolución cultural, sea el fundamento del progreso basado en el principio de representación política. Esa unidad no puede ser la persona individual como creyó la revolución francesa, ni la clase social colectiva como pensó la revolución rusa. Esa unidad debe buscarse allí donde la acción de la libertad política puede despuntar con posibilidad de producir efectos en la configuración y funcionamiento del Estado. Por esa razón, tal unidad no la puede constituir la representación municipal, la familiar ni la sindical, como pretendieron los dictaduras de la democracia orgánica. Esa unidad, individuante de la acción política, está en la configuración de las afinidades electivas de la comarca vecinal, en la monada de la res pública, que es la monada natural de cada distrito electoral. Nada más pequeño puede ser operativo en la acción política de la libertad. Lo dividuo de la población comarcal engendrará individuos actores de la integración y representación de sus comunidades en monedas individuales capaces de componer una sola asamblea nacional. El del poder legislativo, que debe ser trasladado desde el Estado a la integración de las monedas representadas en una asamblea representativa de la nación Cada monada electoral elige su representante con mandato imperativo y revocable. La monada nacional designa al jefe del estado y presidente del gobierno. La relación entre ambas instituciones, la legislativa y la ejecutiva, se rige por el principio de reciprocidad, según las reglas garantistas de la separación de poderes. La composición de la asamblea con monadas iguales resulta consecuente al pluralismo interno de cada monada, similar al de las demás y al hecho ontológico de que las monadas no son sólo realidades políticas posibles, sino realmente composibles. El concepto de composibilidad se opone al de componibilidad. solo son componibles las entidades previamente descompuestas o rotas. Las restauraciones son vanos intentos de recomponer los restos de un pasado cultural muerto con el pegamento de palabras viejas que traicionan las ideas que las pusieron de moda en el lenguaje de los nuevos tiempos. Las transiciones políticas de las dictaduras a los estados de partidos recomponen elementos esenciales de aquellas por medio del consenso. Una idea tan primitiva que no solo niega la libertad política, sino la posibilidad misma de la política. La idea de república federal en una sola nación, sin pluralidad de estados, es otro ejemplo bárbaro de componibilidad sin composibilidad. Una composición musical no es una componenda ni una componibilidad de sonidos. Aunque el modernitarismo del arte actual lo intenta hacer con ruidos fracasantes. Solo las posibilidades son compatibles entre sí en tanto que aún no son realidades. Pero no todas las realidades son compatibles. Para hacerlo han de tener una naturaleza compositiva que les permita ser sometidas a leyes uniformes, lo cual presupone que las realidades contrarias, no las contradictorias, estén en la misma relación de polaridad o positiva como sucede en los campos magnéticos creados por el eje polar terráqueo. El principio de polaridad afecta a todas las categorías humanas de contrariedad, oposición, complementariedad y tensión. Carlos Marx, pese a su descomunal talento, no quiso saber que la lucha de clases producía una dialéctica social que no escapaba del campo de influencia de la rotación de la humanidad en torno a la polaridad, libertad, servidumbre. Se olvidó de lo que él mismo creía, los individuos solo constituyen una clase si sostienen una lucha común contra otra clase. Ideología alemana. Lo cual hace imposible el determinismo histórico y la dialéctica material como factores supuestos del progreso hacia una sociedad sin clases o de una sola clase. Al resolver el problema de la libertad política, la república constitucional actúa como brújula indicativa del campo magnético donde se pueden superar los conflictos sociales, pues en ella se unen de modo natural la lealtad del principio individuante de la especie con la verdad de la libertad como principio individualizante de la persona. La teoría de la República Constitucional se hace así teoría del continente invariante de la polaridad con los conflictos variantes en él contenidos. Desde que los sofistas griegos hicieron del hombre la medida de todo, la materia pasó a ser objeto de las ciencias naturales, reduciéndose la filosofía al conocimiento de los asuntos interhumanos. La reflexión política de la antigüedad, salvo la de Aristóteles, no pareció que algo sensitivo susceptible de conocimiento científico había de existir en la materia social si arraigan en ella formas culturales que la dan continuidad y personalidad colectiva. Despreciando ese algo material, las monarquías justificaron con creencias religiosas, y las repúblicas procedentes de la revolución francesa o de sus simplificaciones se fundaron con la creencia religiosa en el ser supremo o la fe en una razón universal. La incapacidad de las fórmulas políticas espirituales para entender la composición natural del conflicto social motivó el reduccionismo de las ideologías nacionalista y socialista que pretendieron resolverlo suprimiendo la libertad, es decir, la política. Esas pretensiones totalitarias, residuales en los estados de partidos surgidos de sus rescoldos ideológicos, con liberalismos de ocasión, socialismos de corrupción y nacionalismos de salvación, hacen inaplazable la conversión en la ciencia de la tópica doctrinal-política abocada a la esterilidad teórica y a la inoperante contemplación de catástrofes mundiales o nacionales ocasionadas por las singulares voluntades de poder partidista. No hay que confundir la cultura política derivada del conocimiento de la historia y de la experiencia de los estados actuales con la ciencia política. Aquella solo ha producido tópicos vulgares y esta aún no ha presentado sus credenciales. La pretensión científica del socialismo se basó en un determinismo de la materia social que haría innecesario el Estado en una sociedad sin clases o de una sola clase. Aunque esa certeza la dedujo Marx del sino de la industrialización y concentración obrera, junto a supuestas leyes de decrecimiento de los beneficios y de los salarios, el presupuesto antropológico de la igualdad de los átomos sociales era el supuesto deseo de la materia humana de retornar al paraíso primitivo perdido a causa de la privatización de los medios de producción. Marx se equivocó en el método de análisis de los cambios sociales. El marxismo dice lo contrario. Pero no en su percepción de que la base de partida de la ciencia social no estaba en las formas estatales de dominación histórica, sino en la naturaleza material de las sociedades, que no solo es componible, sino también compositiva. En la historia de la filosofía se puede ver cuándo y por qué, abandonando la consideración aristotélica de que la materia era sensitiva y receptiva a las determinaciones de las formas, el espíritu maniqueo del cristianismo medieval la trató como causa de la corrupción en el reino de los instintos. La revolución naturalisma del Renacimiento, retornando a Lucrecio y a la idea estoica de la resistencia de la materia, antitipia, abrió el camino de la ciencia a la reflexión política con Maquiavelo, Espinoza y Montesquieu. Mi primer pensamiento parte de una materia social predispuesta a recibir, en tanto que sustancia o sustrato desde los cambios políticos, la impronta de la forma republicana del Estado. La materia receptiva a su determinación por la libertad constituyente de la forma republicana es la República. si aquella no se limita a la sociedad civil y si ésta no se concibe como asociación moral de ciudadanos obligados por la ley a someterse a la autoridad de la República, que es la tesis espiritualista de Oakesot. La sociedad civil no es una asociación voluntaria de ciudadanos, ni la ley puede obligarlos a ser republicanos. La materia social, sujeta a tendencias naturales y culturales, no está predestinada a sufrir las dominaciones de cualquier forma de Estado. La verdadera potencia no es mera posibilidad. Siempre hay en ella tendencia y acción . Por esa tendencia, la energía de la materia social produce las ideas fuerza, definidas por Descartes como poder suficiente de la potencia dispuesta a la acción. La objeción de Hume de que nada que propicie la idea de un poder en el antecedente causante del consecuente Queda superada si la inteligencia individualizante y la intuición individuante deducen de la potencia social el esquema dinámico del proceso de acción reclamado por el movimiento latente de la materia hacia la igualdad compositiva de la res pública. La potencia de la materia social sería la invariante en las fluencias de lo real. Su operatividad, activada por la conciencia de la acción, unifica los acontecimientos en el sentido de la tendencia social actuante, no como complemento de fuerzas subjetivas voluntariosas. sino como principio de actuación y de actualización de la realidad virtual realizable. A diferencia de las potencias mecánicas, las espirituales no unifican las acciones al modo como el motor causa y uniforma los efectos que produce, sino como el imán atrae a las partículas que, permaneciendo diferentes, caen en el campo magnético de su imantación unitaria. La idea constitucional de la República, por su potencia social y su inteligencia institucional, mueve las conciencias y orienta las acciones conforme a la atracción de ese imán constituido en cada monada social como unidad irreductible de lo político. Lo específico de la república no puede invadir los terrenos pisados por la democracia, cuyo ámbito menor es de naturaleza diferente. Si no se respeta este deslinde, será imposible explicar por qué se llaman repúblicas a tantos regímenes de poder que, no siendo monárquicos, sin embargo, son antirepublicanos. La finalidad de la democracia es la garantía institucional de la libertad, Con ese criterio se pueden distinguir los sistemas políticos republicanos, Estados Unidos y Suiza, de los regímenes europeos de poder, sean o no republicanos. Pero si el objetivo es descubrir el secreto material de la república, para saber que la diferencia sustancialmente de la monarquía, Entonces hay que separar netamente a lo sustantivo, cuyo objeto se investiga, respecto del adjetivo común que clasifica cosas políticas tan opuestas y divergentes como república constitucional y monarquía constitucional. Las reglas constitutivas del juego político, como las del ajedrez, son neutras y carecen de espíritu distinto del lúdico. Así son las reglas de la democracia formal. El estudio de ellas y de su concreta aplicación, el conocimiento de la democracia política, no ofrecen las dificultades que se oponen a la visión de la intimidad de la materia republicana. El distintivo utilizado desde la antigüedad, o sea, que república es no monarquía, solo tiene un alcance negativo y aparente. La explicación profunda debe estar en el principio básico, en el resorte social que mantiene a los reyes o los rechaza en pueblos de la misma cultura. Lo que un niño sabe, distinguir entre un rey coronado y un presidente de la república no puede constituir la causa de la diferencia, sino el efecto de otra causa mucho más profunda que separa radicalmente el resorte discriminatorio en la monarquía respecto de la propensión igualitaria en la república. En esta materia, la palabra espíritu levanta sospechas de impostura, a no ser que haya objetivado en instituciones. La distinción entre honor y virtud como resortes de la monarquía y la república carecían de significado si no se manifestaran en la animación objetiva de sus respectivas instituciones. Más científico sería deducir la tendencia de la materia social a la res pública del principio de individuación de lo común y a la monarquía del principio de individualización de lo diferenciado. La idea natural de justicia en la igualdad tiende a lo republicano. La diferenciación individualizadora creada por las libertades individuales propende a lo monárquico. Pero lo colectivo republicano que hace prosperar la especie es menos la paz que la libertad. Maquiavelo. En la distinción entre comunidad y sociedad, la res pública está en lo comunitario, las distinciones personales en lo societario. Interesa el conocimiento de lo que es sociedad civil para precisar dentro de ella los elementos propensos a igualdad republicana y los inclinados hacia los privilegios consecuentes al principio monárquico. La identificación de la sociedad civil con lo que no está regido por el imperio del Estado ni ligado orgánicamente a la comunidad nacional no basta para saber cuáles son sus contornos precisos ni para suponer que la naturaleza o la finalidad de sus funciones cambien según la variante que introduzca en la invariante materia social la forma monárquica o republicana de las instituciones políticas. Tampoco sería de mucha utilidad el estudio comparado de la sociedad civil en las monarquías y repúblicas del siglo XIX, tan distinta de la que luego resultó de la civilización industrial y más aún de la que se forjó bajo el estado asistencial común a monarquías y repúblicas y tan diferente de que se está transformando ahora en sociedad de comunicación, consumo, espectáculo y corrupción. Aunque las estadísticas sociales sean una herramienta indispensable para conocer las dimensiones cuantitativas de los cambios operados en el conjunto social, solo el análisis separado de los diferentes ritmos de movimiento o de cambio en cada sector podrá indicar las tendencias hacia el privilegio aristocrático o a la igualdad republicana en los núcleos comunitarios más significativos, como la familia y el municipio vecinal, donde el patriarcado y la democracia han sido respectivamente propuestos como prototipos de la razón natural en las monarquías y las repúblicas como base de la soberanía de un monarca o de la libertad del pueblo. En las afluencias urbanas a las visitas del Papa, por ejemplo, participan personas representativas de sectores sociales, fieles, familias, estudiantes, que no parecen elementos constitutivos de la sociedad civil, confundida esta con la económica. Eliminada la antigua dicotomía societas civium y societas fidelium, la duda se reduce al carácter de la sociedad doméstica y la juvenil, aunque la sociedad de fieles no haya dejado de ser cuestionada como elemento de la civil, pues el catolicismo no se extiende sobre lo económico como el protestantismo. Lo católico no ha sido factor genético ni funcional en el nacimiento y desarrollo del La sociedad doméstica tuvo un rol primordial en la producción y consumo de mercaderías en la ciudad griega, dando su nombre a la economía. El modo de producción artesanal labró la fortaleza de los lazos familiares, y la revolución industrial hizo del hogar desplazado de su lugar vecinal al purgatorio de la condición obrera. Con mujeres y niños en la indigencia de la solidaridad de clase social, se acunó el oasis anarquista de los artesanos y la tierra prometida de los proletarios. La familia conservaba con la nueva miseria la tradición que disolvía la reciente riqueza. El grupo parental, sin ser ya sociedad doméstica, económica, se desvanecía en la sociedad civil. Los movimientos obreros forzaron al Estado a satisfacer las necesidades vitales de las familias marginadas del progreso industrial. Y Holderin cantó el drama de que el Estado se hiciera el paraíso de los que lo negaban. El trabajo de la mujer, las guarderías, la escolarización precoz, las separaciones con hijos menores, la falta de empleo juvenil, la permanencia de los hijos mayores en la casa de sus padres, la pasividad ante televisores y ordenadores, la búsqueda de emociones en la droga o la violencia. La ausencia de ideales han provocado la crisis de la familia tradicional justamente cuando la sociedad doméstica mantiene la demanda en la economía de consumo y los estados subvencionan a las familias para que paguen sus hipotecas no por caridad sino para salvar a la banca de su bancarrota. La contradicción entre disolución de la familia y necesidad de mantenerla activa como unidad de consumo puede explicar que, en medio de la atonía del sentimiento religioso, el mismo gobierno laico que legaliza el matrimonio homosexual o el aborto y no mantiene buenas relaciones con las jerarquías eclesiásticas, financia las concentraciones de masas católicas para ver al Papa. Los partidos estatales perciben la trascendencia que recobra la familia con independencia de toda idea religiosa como elemento activo en la sociedad civil de la moderna economía de consumo. En la sociedad de información conformadora, en un mercado de trabajo que deja fuera a menores de 25 y mayores de 60, la edad deja de ser criterio de capacidad y, como el sexo femenino, adquiere valor per se. La sabiduría ya no es, como antaño, fruto de la experiencia. Las innovaciones tecnológicas dejan en la cuneta del progreso saberes acumulados durante generaciones, y la sociedad civil pierde en sentido común temperancia y coherencia, lo que gana en sentido práctico impaciencia, codicia y ludicismo. La adaptación al medio, como en nuestros ancestros, de atapuerca a rincona, en brasas de invierno, los ideales de la juventud y las memorias de la vejez. En la transición del presente al presente, en un mundo sin causas aparentes, la cultura, la historia, la novela y el arte pierden su razón de ser. Solo interesa la tecnología, la informática, la especialización. Saber es sin saber, conocimientos sin conocimiento. Ante un ordenador, los niños tienen mil años de curiosidad en sus cabezas ágrafas. La inteligencia no aumenta con la edad, solo se especializa, limitando su desarrollo general. La juventud vive dramas que no padeció antes. Sufre la injusticia de ver apartada su mayor habilidad técnica de un mundo profesional de expertos en pericias. donde no hay sitio para la sabiduría, la juventud se desarraiga del saber. Si la tecnología impera y lo joven se pone de moda, la juventud no ocupa los puestos de mando. Triunfan las caras jóvenes en corazones viejos. La sangre del frente de juventudes se inyecta gota a gota en los partidos a cambio de promoción social. La juventud partidista, en nombre del orden estatal definido o del progreso indefinido, renueva el renacimiento de la imperante ideología de la resignación en el consenso. El conformismo, no las arrugas, la envejece. La juventud no puede ser vivida con autenticidad sin inconformismo, una cualidad que no es propia de la inexperiencia, como suele creerse, sino de la sabiduría del corazón y la potencia de los instintos. No hay posibilidad de creación en las visiones conformistas del mundo familiar, profesional o político. La juventud y la anciandad no se relacionan en una sociedad que funciona como una compañía anónima cuyo consejo de administración conspira para que lo auténtico no entorpezca la circulación de riqueza, honores y empleos entre accionistas de la conformidad que temen la libre competencia y abdican de la cultura. La juventud conformista y la jubilación anticipada permiten el consenso de ese brutal reparto del beneficio social. Aquella desprecia los costos de las generaciones que acumularon riqueza. Esta, como clase pasiva, se resigna a morir para aliviar la carga de las pensiones que preocupa a un consejo de administración de siglas políticas. No se sabe qué es la tercera edad ni para qué sirve a la sociedad civil que la mantiene y entretiene si sólo se reconoce la diferencia legal entre menores y mayores de edad. Las mentes, como la conciencia, no se jubilan. El drama de la actual anciedad no es perder la juventud, sino conservarla. La marginación juvenil y la jubilación prematura retornan a la distinción entre ciudadanos activos y pasivos como en los primeros años de la Revolución Francesa. La sociedad civil, que excluye al mercado de recursos humanos de gran potencia por sus pocos o demasiados años, ignora que la edad, como dijo Emerson, está en la inteligencia. No se debe aislar el análisis de la juventud como si fuera un estado civil autónomo y no una etapa de tránsito. Vive en situación de irresponsabilidad y se encamina, aunque no lo sepa ni quiera, a otra de responsabilidad. Las vocaciones ya no heredan la singularidad que inculca la voluntad de estudiar. No por supuesta falta de madurez en la inteligencia juvenil, ni por incomprensión general de la vida unidimensional de sus padres, como en los estudiantes del 68, sucede ahora precisamente lo contrario. Los jóvenes de hoy son más consecuentes que los de ayer. Si nada hay en la vida adulta que merezca ser vivido con autenticidad, ¿por qué y para qué se les pide que sean idealistas en un mundo donde sólo tiene valor el dinero, la fama de los que dan espectáculo y los placeres del sexo sin amor? ¿Por qué, si no es para encontrar un empleo estéril que los embrutezca de por vida, tienen que renunciar a la huida hacia el aburrimiento compartido y al refugio de sus soledades en la vida del coleguismo y la hinchada? La juventud manifiesta a su modo el problema general de la noludad que la transición del presente al presente inculca a todos los sectores sociales. Esa noludad no es falta de voluntad de ser como se debe ser con arreglo a una idealidad. ni una apatía de las ambiciones personales, sino una inconsciente voluntad de ser, como todo el mundo, indiferente a la ausencia de ideales y a todo lo que sea mentalmente sincero y vitalmente auténtico. Unos ideales que el medio social identifica, con cualidades de perdedor, si son genuinos, con estorbos en la carrera hacia el éxito social o pecuniario si no son cínicos, o con valores trasnochados si son predicados por hipócritas anclados en ilusiones del pasado que causan la falsedad presente. El drama de los jóvenes maleducados por una sociedad sin valores no es el de creerse juveniles para siempre o vivir toda la vida como adolescentes, sino el de ser demasiado viejos y desconfiados para desear convertirse en personas mayores que den sentido inteligente o moral a la sociedad que los emplea. Y sin vocación de alcanzar la mayoría de edad cultural, la juventud deja de sentirse en situación de paso para mantenerse en el estado de inconsciencia de la seriedad adulta. la que dio personalidad y sentido a las generaciones donde el movimiento obrero y la energía empresarial forjaron la sociedad civil heredada por las generaciones de la posguerra fría. La dramática historia del movimiento obrero en la sociedad civil terminó cuando el fascismo hizo de la sindicación una estructura estatal dotada de poder legislativo incluso para los no afiliados. El sindicalismo perdió su fuerza genuina con el fracaso de la Gula General Revolucionaria. La idea antistatal de los sindicatos anarquistas encontró dos adversarios que lograron destruirlos. El Partido Obrero Marxista de Jules Westde comenzó lo que los partidos comunistas y socialistas remataron. Convertir los sindicatos en correa de transmisión de los partidos. Y la oscura distinción soreliana entre violencia sindical y estatal transformó con Mussolini la violencia de la huelga general en represión institucional ejercida por un solo sindicato estatal. Vinculada con la sociedad laboral, la actividad de empresarios y profesionales autónomos forma el tejido de relaciones económicas y valores culturales de la llamada sociedad burguesa. Las nociones de burguesía y proletariado Las nociones de burguesía y proletariado cristalizaron en una época donde la sociedad civil era campo degramante de la lucha de clases. Desde las revoluciones europeas de 1848 hasta la caída del muro de Berlín transcurrieron 140 años de efervescencias ideológicas, luchas civiles, descubrimientos científicos, progresos tecnológicos y conocimientos sociales que nos hacen mirar al último siglo y medio como se miraba lo medieval y lo gótico a fines del XVIII. Si el modo de estar en las relaciones de producción determinaba el modo de ser y pensar ideológico, ahora lo hace el modo de estar en las relaciones de consumo. Los estatus plurales del trabajador, usuario de servicios públicos, consumidor de mercancías y tiempos de ocio, propietario de vivienda, espectador de amenidades, socio de clubes deportivos, no son distintos de los que tiene la burguesía profesional y autónoma. Esto explica el fracaso de la afiliación a partidos y sindicatos autoyamados de izquierdas, pese a estar confortablemente embarcados en la bahía del estado asistencial, con el ancla echada en la consciencia unidimensional de una condición social que ya no tienen. El cambio de la mentalidad obrera, la nueva visión del mundo sindical desde el estado de partidos que lo financia y domina, no ha sido acompañada de un cambio correlativo en la ideología que reproduce el conflicto entre empleadores y empleados. Mucho más difícil que cambiar las relaciones externas de dominio social, objetivo de todas las revoluciones políticas, ha sido liberar la mente obrera del arquetipo forjado en la miseria para adaptarla a la nueva realidad de asistencia estatal y protección contra el despido libre. Solamente una revolución cultural democrática y republicana conseguiría retirar de la circulación los prejuicios sociales anacrónicos, adaptando las mentalidades a las realidades del mundo actual, acabando con el predominio demagógico de lo social sobre lo político, y poniendo fin a la heteronomía oligárquica de la aristocracia financiera sobre la autonomía empresarial. creación permanente de empleo, aumento constante de la productividad y del poder adquisitivo de los salarios, innovación tecnológica, revalorización de la excelencia profesional y una perspectiva del mundo industrial común a patronos y trabajadores que preserve el medio ambiente y potencie los recursos humanos con el sistema docente y la investigación científica. Pero el pacto de las finanzas con el poder estatal originario de la modernidad con el directorio francés no permite que el capital financiero se subordine a la industrial, ni que el empresario encuentre el clima de respeto social y el marco legal adecuado para asumir los riesgos de inversión de capital sin depender de la corrupción administrativa, del favor del partido gobernante ni de la demagogia obrerista. La organización patronal, tan politizada como la sindical al servicio del partidismo, constituye un órgano estatal que asegura el predominio político de la oligarquía financiera y la reserva de beneficios incontrolables para la aristocracia comercial y financiera. La expresión sociedad civil designa la síntesis de los elementos cuya descripción analítica se hace aquí por sectores sociales. Las dicotomías producción-consumo y oferta-demanda determinan el estado de la sociedad económica que afecta materialmente a la globalidad de la sociedad civil. Esta globalidad resulta también afectada por un fenómeno cultural que determina espiritualmente el placer buscado por las masas insatisfechas de su vida política, viendo en directo o por televisión espectáculos recreativos, creadores de héroes deportivos o mitos artísticos con los que identificarse. La contemplación de espectáculos distingue la humanidad del resto de los animales. El mirón es prototipo del teórico. El pensamiento filosófico se hizo la ilusión, con la fenomenología pura, de que comprendería la esencia del ser si dejaba de mirar sus fenómenos. No contaba con que el modo de pensar y describir de las sociedades espectaculares, y ningún anterior hizo espectáculo tan atractivo como el de la guerra televisada, llegaría a ser el del mirón inactivo o perezoso y el del homo ludens. La reducción de la ropa femenina como piel de zapa a cada deseo hace que la sociedad no liberada de su servidumbre política parezca la más libre de los tiempos. El feminismo se queja de la visión social de la mujer negativamente valorada como objeto sexual sin percibir que él es responsable de la atribución femenina del poder secundario donde entra por cuotas y no por méritos. Con la androginia y la demagogia antiviril, la mujer va perdiendo en influencia lo que va ganando en poder político. La novedad del feminismo imperante no está en la igualdad con el sexo masculino, sino en la hegemonía que lo feminoide de ambos sexos pretende para estar en posiciones de aparente dominio en los escaparates de la sociedad y ejercer el mismo tipo de poder en el Estado que el tradicional masculino. Si produce rechazo, la mujer de poder autoritario manifiesta intemperancia no es porque tenga modales incompatibles con la condición natural de mujer, sino porque se esperaba del feminismo que dulcificara el talante de la política y de su propia concepción. Esta fue, al menos, la pretensión del feminismo romántico y el de la maternidad cívica republicana que alegaron virtudes sociales de la mujer para legitimar su derecho a mejorar el mando político masculino. La desviación hacia el actual femenoidismo de las corrientes originales del feminismo, la sufragista y la pacifista, Se produjo con la fusión socialista de la causa obrera y la de la mujer en lucha de clases sexos y con la emulación de conductas viriles en el clima social de frivolidad pacifista que se extendió al final de la guerra europea, dando matiz andrógino a las modas, costumbres y literatura de los locos años veinte. Los derechos cívicos de la mujer, fruto tardío del feminismo liberal, han elevado con nueva consideración de la mujer la propia dignidad del hombre. Pero el acceso de la mujer a las posiciones de poder político en el Estado o en las instituciones, lo que se llama feminismo de cuota, ni ha sido conquistado por ellas ni las libera de la indignidad de estar en los palacios por la puerta trasera sin atender a merecimientos que tal vez algunas tengan. El nuevo poder de las mujeres de cuota, análogo al de los diputados de lista, responde a la demagogia igualitaria y representativa en los partidos estatales, herederos sin beneficio de inventario de la dictadura jacobina revolucionaria discriminadora de la mujer y los homosexuales. Cuando no hay sociedad política intermedia e intermediaria entre la sociedad civil y el Estado, entre el país real y el oficial, como ocurre en los estados de partidos, ocupa su lugar la sociedad aparente. una apariencia presentativa de la sociedad civil sin ser representante ni representativa de la misma. Por eso tiene su propio código de conducta, sus valores cognitivos, morales o estéticos, y sus modos de represión de los infractores. Nadie se ocupa de ella, pues se confunde con la opinión pública, que solo es el modo de crearla y mantenerla. Dos grandes principios, como se razonará, dan coherencia mental y ética a la sociedad de las apariencias. Con el primero se sustituye la verdad por una ficción sistematizada. La sociedad aparente crea la ideología de que no es necesario vivir en la verdad, pues la dificultad de conocerla y realizarla puede ser obviada mediante ficciones convencionales que, por su utilidad social, funcionan como si fueran verdades. El ficcionalismo de la filosofía del como si, concebida como positivismo por su creador Weinger en 1911, permite vivir las monarquías como si fueran repúblicas, las partidocracias como democracia, el poder judicial como si fuera independiente, la prensa como si fuera libre de pensamiento y expresión, la universidad como si fuera libre de cátedra, la competencia económica como si fuera libre en el mercado, la sindicación estatal como si fuera societaria. El segundo principio impone la norma social de salvar o guardar a toda costa las apariencias. Esta norma tuvo origen científico en simplicio para explicar la causa del movimiento de los astros errantes, contradictorio de las hipótesis geocéntricas o heliocéntricas que la física podía dar para salvar las apariencias sin necesidad de saber cuál era la verdadera. Tan regido es este dogma en la física social que, cuando la sociedad no puede ocultar las irregularidades que no guardan las apariencias, pide al Estado que aplique el código penal. Los pocos gobernantes y plutócratas que entran en prisión no lo hacen por ser malvados delincuentes sino por erráticos, algo que ellos mismos confiesan porque los disculpa. Para que existiera verdadera opinión pública, se necesitaría, en primer lugar, que tuviera la naturaleza de criterio, no la de simple creencia, y en segundo lugar, que fuera la opinión del público, no la difundida por opiniones privadas en el público. Esas condiciones hacen muy difícil que exista auténtica opinión pública. La que pasa por tal es la opinión hegemónica de la información dominante, repetida como un eco en la desinformación actuante. Durante la Gran Revolución, las asociaciones de ciudadanos en clubes de debate crearon la opinión pública, fenómeno al que puso fin la dictadura del terror jacobino. Desde entonces, incluso en momentos de excepción a la atención popular a la cuestión política, el poder creciente de medios informativos y encuestas sociológicas ha sustituido la opinión del público por la difusión en el público de opiniones ideológicas de los medios, opiniones sobre lo divino y humano convertidas en mercadería ruidosa para el consumo de masas pasivas sin auriculares refinados. El mecanismo de formación de las opiniones públicas recuerda lo que Nietzsche escribió en Más allá del bien y del mal para ridiculizar los hallazgos de los lingüistas. Supongamos, decía, que alguien esconde algo bajo una piedra en un monte. Se pasa luego la vida buscándolo, y cuando al fin lo encuentra, grita un entusiasta, ¡Eureka! Los medios de comunicación social crean o difunden las opiniones que luego identifican con la opinión pública o con alguna de sus variantes de matiz electoral. Lo que la gente cree que es su opinión ha sido fabricado en centros lejanos de creación de ideas para la propaganda de los poderes establecidos. generalmente en fundaciones culturales, institutos de sociología y departamentos universitarios de Estados Unidos. Su entrenamiento durante la Guerra Fría fue intensivo y sistemático. A semejanza de las campañas de promoción de un producto comercial precedidas de un proceso de creación publicitaria, las mercaderías políticas llegan al consumidor adaptadas a cada país por sus propios medios de comunicación. Las agencias internacionales las lanzan. Los medios las intelectualizan en editoriales. Los lectores las hacen suyas creyendo que son las que ellos pensaban. Las encuestas preguntan en el sentido esperado de las respuestas. Los partidos hacen sus programas con los sondeos. Las elecciones ponen jerarquía en las opiniones. Y la hegemónica, la del partido vencedor, grita Eureka! Así crea lo políticamente correcto. La hinchada universal ha inyectado a los intelectuales los gustos de las multitudes, el horror por el pensamiento riguroso, el asco por la espiritualidad, la abominación de la estética, la indiferencia ante la verdad, la cultura como negocio, el desprecio de la creación científica y el conformismo ante la corrupción del poder político y financiero. No hay escritor que diga lo que sabe sin decirlo con estilo lúdico. Los bestsellers no se escriben, se fabrican como preta porter. Sin alma propia, los envidiosos mirones de lo ajeno crearon el pensamiento débil del consenso. Tras el fracaso de las rebeliones juveniles del 68, prosperó la filosofía lúdica, la de los pseudo-intelectuales europeos. No hay estilo lúdico sin mentalidad lúdica. Queriendo ser parte visible de ese mundo, los escritores se ofrecen ellos mismos a la espectacularidad de sus producciones mercantiles. Sin arte, ideas o pensamiento, representan y reproducen las distracciones con las que eluden la visión de la realidad y anestesian el deseo de libertad política. La sociedad política se ofrece en espectáculo a la sociedad espectacularizada. El más impúdico, la sesión de sonrisas y carcajadas en los encuentros de los jefes mundiales del fracaso y la corrupción. La espectacularidad de los gobiernos personalistas distrae a los gobernados con la comedia internacional representada por la clase estatal actora. Sus encuentros son vistos como las bodas reales. La fecunda contribución teórica de Tonis a la sociología del poder no resolvió la contradicción en la que él mismo cayó de seguir llamando sociedad política al Estado, a pesar de que la organización estatal en nada responde al prototipo societario que él había caracterizado con elementos y atributos incompatibles con los estatales. Aunque el Estado tenga personalidad jurídica, capacidad de obrar y de actuar como las personas individuales o morales, y se haya refinado con elementos organizativos racionales en su dimensión administrativa, no es el hombre artificial Leviatán, ni la sociedad política de la comunidad sobre el que tiene soberanía, solo la fábula justnaturalista. o contractualista del Estado, pudo mantener la ficción jurídica de considerarlo como sociedad política semejante a la sociedad perfecta eclesial, tal como concibió en la Iglesia el cardenal Bellarmino. Los descubrimientos etnológicos sobre el origen de la autoridad, en diferentes tiempos y lugares del Viejo y Nuevo Mundo, no relacionados entre sí, en zonas de regadío, fluviales, costeras, lagos, mares o humedades, como organización necesaria de un principio de poder central para mantener o modificar la distribución de la riqueza y del prestigio, no permiten continuar creyendo que el Estado es una sociedad o asociación política. nació de la fuerza de un grupo social privilegiado. Y si ya no se mantiene solo por la fuerza física, es porque ha dado lugar a un consenso involuntario tan intenso y extendido como el consenso nacional. La idea realizadora de la República Constitucional se ha tenido que orientar para eludir equívocos y contradicciones, ilusiones y ficciones, bajo la perspectiva de la división resultante de la distinción básica entre lo político y la política. Una distinción que se fue perfilando y desarrollando desde el acontecimiento revolucionario francés hasta nuestros días. Las nociones del Estado, comunidad nacional, sociedad política y sociedad civil son diferentes. En tanto que personificación y personalidad jurídica de la nación, el Estado nacional se define como organización con imperio sobre lo político. La comunidad nacional como convivencia espontánea, pero determinada por lo económico y lo cultural. la sociedad política emergente de la comunidad nacional como mediación entre lo político de la forma de Estado y la política en la forma del gobierno y la sociedad civil como lo privado. Con esta cuatripartición se entiende que la República Constitucional defina y regula el tránsito de lo político a la política sin ideología al modo como lo hace la democracia con el paso de las libertades civiles a la libertad política. El gobierno, formado en la competición por la conquista del poder en el seno de la sociedad política, orienta las funciones estatales con la extensión y la intensidad de la hegemonía electoral lograda en el seno de la comunidad nacional. La sociedad política no sólo está integrada por sus principales actores, partidos políticos, sindicatos y diputaciones. sino por todos los agentes de la opinión pública, medios de comunicación, empresas encuestadores, centros de creación y difusión de ideas políticas. Aquí se sostiene una tesis sobre lo político distinta de la que ideó Carl Smith en su concepto de lo político 1927. La menos interesante de sus creaciones es donde expuso la diferenciación de amigos y enemigos como criterio específico de lo político. una reduccionista visión de la historia alemana desde 1848 que tendía a borrar la diferencia entre Estado y sociedad, hasta su identificación en el Estado total, donde ya nada habría que fuera apolítico. La oposición amigo-enemigo no era para Smith derivable de otros criterios como lo bueno o lo malo, lo bello o lo feo, y lo útil o lo perjudicial. La autonomía de lo político estaba en la posibilidad de separar la oposición amigo-enemigo de las demás diferenciaciones morales, estéticas o económicas. Pero los electores no pertenecen sólo a la sociedad política, sino también a la comunidad nacional. En su comentario sobre el concepto de lo político , Leo Strauss insistió en el carácter polémico de la obra de Carl Smith y trató de conducir el debate hacia los fundamentos de lo político, sin aceptar que todos los conceptos de lo político tengan un antagonismo y estén ligados a una situación cuya última consecuencia sea el agrupamiento amigo-enemigo propio de la guerra y del odio étnico o de clase. En la teoría pura de la república constitucional, la diferencia esencial no es la existente entre las categorías de lo político y lo apolítico, ni las de amigo y enemigo, sino la que se deduce de la distinta naturaleza de lo político respecto de la política. Aquel es, como lo público, materia de la república. La política está en la forma de gobierno y en su ejercicio. Lo que aquí está siendo investigado es si la materia social tiene en sí misma, antes de recibir la importancia de la forma monárquica o republicana, alguna virtualidad natural derivada de la condición humana que la haga más proclive a ser estabilizada y equilibrada por la monarquía o por la república. La naturaleza tiende a producir iguales individuos republicanos, la sociedad diferencias individuales aristocráticas. La tendencia a la igualdad o a la diferencia ha cambiado notablemente a causa de la evolución de la incidencia de la forma estatal en la materia humana. Las formas sociales han creado más diferencias individuales que las producidas por naturaleza. Los estados siempre han sido constituidos por la fuerza superior de alguno de los elementos de la materia social que fue capaz de erigirse en poder constituyente del conjunto. Esa fuerza superior fue diversificando con el progreso de algunos de los elementos sociales sobre los demás hasta sobrepasar la rígida división tripartita de la sociedad indo-europea hace 10.000 años. Las ideas fuerza de invención y simbolismo diferenciaron la riqueza de las naciones y separaron el hombre-masa de los sujetos individualizados. Se explicó el fenómeno en sentido platónico como si la materia y la forma no fueran términos relacionados, como si la materia no estuviera cualificada para que la forma realice en ella el principio de individuación-individualización. Ante el desarrollo catastrófico de la explotación de recursos en un mundo globalizado, ante la gran crisis económica, se vuelve al pensamiento religioso de que el mal está en la materia económica acumulable, en el dinero, en el capitalismo, como si ninguna causa formal lo estuviera determinando y corrompiendo. La dificultad de conocer propensiones de la materia social sigue estando en la imposibilidad de examinarla separadamente de la forma que la configura, pues la última siempre parece la necesaria por ser actual. Esta dificultad es mayor que la derivada del principio de incertidumbre en la materia física. Aplicado a la materia social, convierte toda historia de hechos en historiografía de ideas. Esto no impide ver dónde estaban lo político y la política en los momentos de cambio paradigmático del tipo de autoridad impuesta a la materia social. Autoridad eclesiástica en las concreciones de poder medieval. Militar en el feudalismo. Aristocrática en las monarquías. Meritocrática y representativa en la República de Estados Unidos. Oligocrática en el parlamentarismo, burocrática en las repúblicas totalitarias, caudillista en los nacionalismos, partidocrática en los estados de partidos y étnica en los estados sin nación. Lo político pare de estar en la tendencia permanente de la materia humana a continuar siendo igual en lo público, y la política en la determinación de la forma a cambiar el seno de igualdad de la materia. La potencia de lo político en el Estado se ha impuesto a la forma política en la libertad, unida siempre a la idea de lo inestable.