📖Teoría Pura de la República (2. DESDE LA ASAMBLEA NACIONAL HASTA LA HUIDA DEL REY) Audiolibro 📖

2021-04-05 Píldoras Democráticas 1:24:54 YouTube ↗
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desde la asamblea nacional hasta la huida del rey los historiadores sitúan en el 17 de junio de 1789 el primer acto de voluntad revolucionaria de los representantes del tercer estado acto que en realidad representó el comienzo y el contenido de toda la revolución Ese día tomaron la decisión de dejar de opinar y comenzar a decidir. Eran hombres inteligentes y cultivados, sabían lo que hacían. Pese a estar solos ante la soberanía absoluta del rey, los poderes del ejército y de la propiedad feudal de la tierra fueron en verdad decididos. Incluso lo que ellos tenían, la hegemonía de la opinión, chocaba frontalmente, en ese campo donde se forman las conciencias, con el formidable aparato intelectual de una iglesia secularmente propagadora del origen divino del poder. Sin embargo, tomando la iniciativa, cambiaron el nombre de Reunión de los Comunes por el de Asamblea Nacional y declararon ilegales todos los impuestos del reino, autorizando provisionalmente el pago de los mismos mientras la asamblea no se separara. Jamás la historia había conocido un acto de semejante osadía en una clase intelectual. Estas dos decisiones implicaban el cumplimiento de una revolución contra el sistema secular de la soberanía, pues presuponían actos de voluntad revolucionaria, como los de constituirse en asamblea nacional sin representantes de la Iglesia y la nobleza, hacerse titulares de la representación nacional, dividir la soberanía, hasta entonces única e indivisible, en potencia ejecutiva y potencia legislativa, reconocer en el monarca la soberanía ejecutiva y en la nación la legislativa, hacer una e indivisible la soberanía legislativa, atribuirse la expresión en exclusiva de la voz y voluntad del pueblo, convertir en leyes sus opiniones, declarar ilegales todos los impuestos y dotarse de una guardia para su defensa. ¿El estado de necesidad en que se encontraron los comunes ante la prevista negativa de los otros dos estamentos para constituirse en una sola asamblea justificaba la decisión de sobrepasar el mandato imperativo recibido de los electores? Pero jamás la de no devolver el uso de la soberanía al cuerpo electoral tan pronto como desapareciera la situación de necesidad. En un ambiente de fermentación universal como se decía entonces la situación de Francia, a primeros de julio de 1789 estaba ya lejos del entusiasmo de consenso que abrió dos meses antes la reunión de los estados generales. La clara doblez del monarca y el natural egoísmo de la nobleza y del clero retardaron la reunión de los diputados en una sola asamblea con la nobleza y el clero. El Estado absoluto se oponía a las reformas exigidas por la nación convocada para expresarlas. Los diputados comunes, confiados en la fuerza de su razón teórica, retaron a los otros dos órdenes, constituyéndose ellos sólo en asamblea nacional. El guante de tan singular desafío tuvo que ser recogido por el propio rey, quien, por primera y última vez, habló clara y libremente. La sesión real de 23 de junio marcó los límites de las reformas aceptables. Libertad individual y de prensa, descentralización administrativa, aprobación por los estados generales de los impuestos y de la deuda pública, igualdad fiscal si le aceptasen los dos órdenes privilegiados. El monarca absoluto declaró intangibles los asuntos referentes a los derechos antiguos y constitucionales de los tres órdenes. La reforma de dar constitución a los próximos estados generales, las propiedades feudales y señoriales, los derechos útiles y las prerrogativas honoríficas de los dos primeros órdenes. Es decir, no solo confirmó el privilegio de la casta aristocrática para el acceso al mando militar, sino que aumentó el poder de la jerarquía eclesiástica en todo lo referente a su jurisdicción religiosa y a sus privilegios fiscales. En consecuencia, declaró inconstitucionales las decisiones de la Asamblea Nacional y amenazó con disolver los estados y gobernar en autócrata si no era obedecido. Si me abandonáis en esta bella empresa, solo yo haré el bien de mis pueblos. Solo yo me consideraré su verdadero representante. Esta inequívoca declaración de Luis XVI fue inmediatamente entendida por los comunes como golpe feudal del monarca contra la reforma liberal del Estado absoluto. Para que nadie dudara de la firmeza del monarca, su declaración de intenciones estuvo acompañada dentro del salón con la ausencia del ministro reformista Necker y fuera del castillo de Versalles con la presencia de la fuerza militar del ejército extranjero al servicio del rey. Los diputados comunes trataron en vano de disimular su derrota. Estamos aquí por la fuerza del pueblo y solo nos moverá la fuerza de las bayonetas. Mirabó. Somos hoy lo que éramos ayer. Deliberemos. Si ella es. Deliberación sobre abstracciones sin programar acciones. El efecto producido en París por la reaccionaria ofensiva real cristalizó en tres frentes defensivos. El burgués, organizado en el Hotel de la Ville, ayuntamiento, se integró con los 407 electores de París a los estados generales. Este bloque tomó el relevo de los diputados derrotados en Versalles. El Frente Militar se formó en los cuarteles de París, donde los soldados permanecían retenidos desde el reto de la Asamblea Nacional de 27 de junio. El Frente Popular, sin más dirección que la de los agentes del Duque de Orleans, agitaba los ánimos y opiniones de la turpa multa callejera que acudía a las inmediaciones del Palais Royal, alimentándola de rumores tenebrosos. El gentío se encendía escuchando las arengas de jóvenes insuflados de pasión liberalizadora, entre las que destacaban las del joven periodista Camilo Desmolins. Nada más conocer el golpe feudal del monarca, los 407 electores de París quebrantaron la prohibición de reunirse. Los más radicales, Bonneville, traductor de Shakespeare, y el periodista Carra, consiguieron la aprobación de su agenda. Organizar una guardia burguesa, constituir una verdadera comuna municipal electiva y anual, dirigirse al rey pidiendo el alejamiento de las tropas y la libertad de la asamblea. Negando el ascenso de la oficialidad a los altos mandos del ejército, a quienes estaban llamados a ser los más grandes generales de la historia militar de Francia, el golpe de Louis XVI provocó la indisciplina en los cuarteles. Los guardias franceses rehusaron el servicio en varios regimientos y centenares de soldados salieron de los cuarteles para acudir al Palais Royal. Aclamados y agasajados por la multitud, estos leales soldados prometían no obedecer órdenes contrarias a las de la Asamblea Nacional si los regimientos alemanes y suizos entraban en París. Esta intensa agitación urbana y la manipulación del duque de Orleans que aspiraba a ser lugarteniente del reino, empujaron al bajo clero y a la facción liberal de la nobleza a los brazos de los comunes. La inutilidad de mantener ya la separación de los tres estados indujo a Luis XVI a ordenar a la nobleza y a la jerarquía eclesiástica que se integraran también en la Asamblea Nacional. Fracasada su batalla política, el rey concentró su estrategia contrarrevolucionaria en el golpe militar, que había empezado a preparar el día 26 de junio con la orden secreta a seis regimientos suizos y alemanes de marchar sobre París. La mayoría de los historiadores considera el periodo transcurrido desde el 5 de mayo en que se inauguraron los estados generales hasta el 27 de junio en que triunfó la tesis jurídica de los comunes como el primer paso de un movimiento revolucionario de la burguesía contra el feudalismo. Hoy ha perdido vigencia el mito de la revolución en tanto que proceso o bloque histórico como se enseñó en escuelas y universidades a partir de la Tercera República Francesa. Otros historiadores tratan a este primer periodo como una discontinuidad histórica con suficiente entramado para constituir una revolución autónoma, la de los abogados. Sea cual sea el concepto que se tenga de reforma o de revolución, antes del 27 de junio no se inició ninguna de ellas, solo existió una batalla política, la del Ministerio Necker contra la nobleza y el clero. El aliado de los privilegiados en esta batalla fue la corte, el de Necker el tercer estado. El ministro obtuvo del rey que duplicara el número de diputados comunes a fin de igualarlos con la suma de los dos órdenes privilegiados. En la situación prevista, era fácil adivinar que el arbitraje decisorio correspondería a la facción liberal de la nobleza encabezada por el duque de Orleans. Dada la declaración real de igualar los votos por cabeza y no por órdenes, lo sorprendente fue la negativa de la nobleza y el clero a reunirse con los comunes, y la mala fe de Luis XVI desdiciéndose y apoyándolos luego en su pretensión de votar por órdenes separados. Es extraño que un hombre tan experimentado como Necker no percibiera la causa que le haría fracasar. Varios años después, se dolía en sus memorias de que, siendo el problema del déficit el que había convocado a los estados generales y habiendo encontrado él la solución, los comunes lo recibieran con tanta frialdad en su solemne discurso de 5 de mayo. No comprendió que el tercer estado era aliado natural del banquero Necker en un proyecto de reformas liberales y de igualdad de derechos, pero no de un ministro del estado absoluto que pudiera resolver el problema financiero sin necesidad de alterar el orden de las jerarquías sociales. El déficit del Estado era el tesoro de la nación, es decir, de la revolución. Sin déficit, la reforma constitucional no era necesaria al Estado. Sin déficit, Luis XVI no necesitaba ya a los estados generales salvo para aprobar el plan técnico de suministro. El cambio de opinión del rey, que grandes historiadores atribuyen a su carácter modable o influenciable, revela más bien una mayor sagacidad para percibir lo que su ingenuo primer ministro no vio. Si con manipulaciones técnicas el éficit quedó reducido a 56 millones y la necesidad de un préstamo a 80, ¿para qué afrontar el riesgo de una reforma institucional o constitucional? el clima de libertad de expresión en la redacción de los callers de Dolances, cuadernos de quejas y en las elecciones a los estados generales que había propiciado el propio monarca, hicieron imposible la solución tecnocrática de la crisis financiera. La fuerza política de los comunes, su probabilidad de alcanzar por consenso una reforma liberal de la monarquía absoluta, estaba precisamente en la permanencia del déficit. El éxito técnico del banquero fue la causa indefectible del fracaso político del ministro. La solución financiera convirtió la polémica en un pretexto. Se consumió un tiempo precioso en discusiones jurídicas y filosóficas que la situación de miseria social y de esperanza política no podía permitirse sin mudar el consenso inicial en frustración revolucionaria. La discusión legalista sobre el voto por cabeza pasó a ser la primera consigna reformista, seguida con una amenidad sin necesidad de un líder que la impusiera. El consenso de los comunes en este tema era total. En el combate por el voto individual, la buena fe y el derecho estaban con el Estado llano. Pero la dirección no correspondió a los abogados Munier, Targuet y Barnab, sino al vizconde de Mirabeau y al abad de Sieyes. El gran momento tampoco fue el día del juramento solemne ni el de las frases brillantes del 23 de junio. La nación asambleada no puede recibir órdenes. Bailí. Estamos aquí por la voluntad del pueblo, no dejaremos nuestras plazas más que por la potencia de las bayonetas. Lo decisivo se produjo una semana antes, 17 de junio, cuando Sieyes impuso una doctrina que usurpaba la soberanía no solo al monarca, por eso le siguieron los comunes, sino a sus propios electores. De eso no fueron conscientes los diputados que se opusieron para no provocar el soberano real. La batalla política de Palacio, perdida por Necker y la nobleza, fue ganada por la reina y la jerarquía clerical. La batalla jurídica terminó en una pírrica victoria del tercer estado que acabó con sus posibilidades de liderazgo. Reunidos en una sola asamblea con la nobleza y el clero, la relación de fuerzas daba el poder a la facción liberal de la nobleza. Los comunes padecieron el mismo espejismo que destruyó a Necker. Lo que realmente sucedió en este periodo inicial fue, primero, un cambio de táctica en Luis XVI que dejó resentida a la nobleza. Segundo, una preparación militar de la reacción absolutista que dejó encantada a la corte. Tercero, una iniciativa para la defensa ciudadana de París que dio la alternativa política al cuerpo de electores burgueses. Cuarto, una reunión conjunta en Asamblea Nacional, que bloqueó a los comunes y dio a la gran aristocracia la posibilidad de un desquite frondista que debilitara al trono en su provecho. Quinto, una maduración del Frente Burgues liberal y municipal que será desviado de su curso el día 14 de julio por un gran desvarío de la entusiasta inocencia de la gente de la calle y por la impunidad de un crimen atrozmente legitimado por el Rey, Iglesia y la representación diputada. La incomprensión habitual del fenómeno del poder por los intelectuales, su fascinación ante quienes lo protagonizan, no pueden dejar de afectar a la visión de unos acontecimientos tan llenos de enigmas como los ocurridos en 1789 y de un personaje tan equivoco y complejo como el Vizconde de Mirabó. La revolución francesa fue luego lo oficial que se celebró en su bicentenario, pero la toma de la Bastilla no tuvo significado histórico el día 14. Ni Mirabeau fue arquetipo del hombre político como pensaron Carlyle y Ortega y Gasset. A lo sumo, pudo ser el más resplandeciente espécimen de los que se instalan en la revolución para hacer la contrarrevolución, o sea, en la izquierda, para hacer la política de la derecha. Cuando se trata de conocer la historia, hay que dejar hablar al acontecimiento. Para captar a Mirabó, hay que observarlo en ese momento crucial en que traición y revolución se reúnen en asamblea nacional. El 27 de junio simbolizaba el triunfo de los representantes del Estado llano en su pretensión de votar por cabeza en una sola asamblea. Realmente señala el momento de traición de los diputados a sus electores, a la causa política de la representación. Es la historia permanente de las conjuras ocultas y los acuerdos visibles. El eufórico optimismo de la victoria jurídica será aprovechado por el doble juego de Mirabeau para embarcar conscientemente a la Asamblea Nacional en el golpe militar que Luis XVI se dispone a asestar al pueblo de París. El plan contrarrevolucionario de la corte dependía tanto de la actividad de los mandos del ejército, en manos de la nobleza, como de la pasividad del pueblo de París, dinamizado por los 407 electores de la capital en nombre de los 50.000 electores de distrito. El plan requería el concurso de un talento traidor, y este siempre se encuentra en la ambición más inmediata de dinero y gloria. Si los soldados parisinos, el electorado burgués y el pueblo llegarán a fraguar un frente común, Contra las tropas alemanas y suizas del rey, el golpe militar degeneraría en una guerra civil que se transformaría en guerra nacional contra un ejército extranjero. Para la causa reformista del absolutismo era de importancia vital eludir o evitar ese riesgo catastrófico que era necesario desmovilizar a la opinión parisina. Para asegurar la ejecución del plan militar del rey, el ministerio moderado y liberalizador de Necker sería sustituido por el gobierno duro y fiel presidido por Bretheuil con Broglie en el ministerio de la guerra. Pero no antes de que todo estuviera a punto. No había que prevenir a la población y darle tiempo a organizar su defensa. El rey tenía que retener unos días a Necker mientras el pueblo se mantuviera alarmado con los rumores de un complo de los aristócratas y dominado por el pánico ante la noticia de la llegada de los regimientos extranjeros al mando de esa misma nobleza que había boicoteado durante 50 días la reunión de los estados generales. La asamblea nacional estaba paralizada y enmudecida. El rey ordenó a la nobleza y al clero que se reunieran en ella para impedir que los comunes se orientasen hacia la minoría liberal de la nobleza orleanista y prontista. El hombre fuerte, por su influencia en la asamblea, comprometido inicialmente con el duque de Orleans, debería ser ganado para el rey. No hizo falta, lo estaba de antemano. El genio de Mirabeau mostró que podía servir a todas las causas al mismo tiempo y que todo en él era falso, incluso cuando decía la verdad, como dijo Zaratustra al mono de Zaratustra. Al instante mismo de completarse la asamblea, consiguió embaucarla con uno de los discursos más inteligentes y deshonestos, más brillantes y perversos, más hábiles e insidiosos, más confiantes y más traidores que un talento enrevesado pueda concebir. Convirtiéndose en relaciones públicas de Luis XVI, mientras este prepara su golpe militar contra el pueblo de París, Mirabeau consigue una declaración de la Asamblea Nacional destinada a confiar y desarmar a los tres frentes de resistencia que estaban organizando los parisinos, es decir, a desactivar toda la oposición al rey. Su discurso para apoyar esta declaración fue un modelo táctico de astucia psicológica, falsedad moral y ficción política. Su importancia para conocer la mentalidad de la clase política resalta con la atenta lectura de lo que dijo Mirabó. Los diputados juzgan sanamente los objetos y no son engañados por las apariencias. Donde los representantes de la nación no han visto más que un error de la autoridad, el golpe feudal de 23 de junio, el pueblo ha creído ver una decisión formal de atacar sus derechos y sus posiciones. Han visto en las miradas mismas del rey, han sentido en el acento de su discurso como este acto de rigor y de violencia hacía sufrir a su corazón. Han juzgado por sus propios ojos que él es él cuando quiere el bien, él mismo cuando invita a los representantes de su pueblo a fijar una manera de ser equitativamente gobernados y que cede a impresiones ajenas cuando restringe la generosidad de su corazón cuando retiene los movimientos de su justicia natural. Es un deber sagrado para los diputados invitar a sus electores a descansar eternamente sobre ellos el cuidado de sostener sus intereses, haciéndoles ver que, lejos de haber alguna razón para desesperar, jamás su confianza ha estado mejor fundada. La tranquilidad de la Asamblea devendrá poco a poco la tranquilidad de Francia. Mirabeau pide al pueblo toda su contribución al mantenimiento del orden y la autoridad para que, cualesquiera que sean los acontecimientos, pueda justificarse ante sí mismo de que al menos ha permanecido en la moderación y la paz. El contenido de la declaración constituye un pulvorante ejemplo de aberración política. Los héroes de la libertad, los juramentados del 20 y del 23 de junio, piden al pueblo que se convierta en promotor de la subordinación a las autoridades reales que marchan militarmente contra él, no en calidad de enemigos, sino como meros discrepantes de opinión. Conseguir una capitulación tan flagrante de la asamblea no estaba al alcance de un hombre corriente. necesitaba la argumentación disparatada y traidora de una elocuencia genial. ¡Qué funestos son a la libertad quienes la creen sostener por sus inquietudes y sus revueltas! Se exagera mucho, señores, el número de nuestros enemigos, quienes no piensan como nosotros están lejos de merecer por esto este título odioso. Conciudadanos que no buscan como nosotros más que el bien público, pero que lo buscan por otra ruta. Todos estos hombres merecen consideración de nuestra parte. No hay que degenerar en querellas de amor propio, en guerra de facciones, diferencias de opinión. En su nombre y en el nuestro os recomendamos esta dulce moderación de que ya hemos recibido los frutos. Es decir, la asamblea, arrastrada por la retórica psicológica del miedo, ataca a los defensores del pueblo de París y presenta a los señores feudales como meros disidentes de opinión, no como adversarios o enemigos de intereses y de clase. La ilusión de Mirabeau de encontrar un nuevo consenso constitucional, haciendo del rey el jefe de la revolución, se vino al suelo tan pronto como se había levantado. El día 30 de junio, varios miles de ciudadanos liberaron de una prisión militar a 11 soldados que habían prometido no obedecer órdenes contrarias a las de la asamblea, llevándolos en triunfo al Palace Royal. La solidaridad de los cuarteles de la Guardia Francesa con el pueblo parisino se fraguó definitivamente. Al llegar esta noticia a Versalles, el rey ordenó que otros diez regimientos alemanes y suizos marchasen sobre París. La delegación de electores parisinos, que acudió a la asamblea para que interviniera a favor de los soldados, no consiguió ser recibida. Un motín en los cuarteles, una prisión militar asaltada, todo el pueblo de París movilizado en defensa de estos soldados, era un asunto menor al lado del respeto legalista del abogado Mounier al principio de no intervención de la asamblea en los asuntos del poder ejecutivo. Ante la protesta de varios diputados, Mirabeau propuso otra vez pedir moderación al pueblo. Afortunadamente, el diputado más sincero y valiente de toda la asamblea, el bretón Le Capelier, impidió esta gravísima irresponsabilidad. Sería peligroso testimoniar una inestabilidad cruel. ¿Cuál es el origen de las revueltas que estallan en París? ¿Es la sesión real? ¿Es el golpe dado a los estados generales? Es esta especie de violación, esta usurpación de la autoridad ejecutiva sobre la legislación. Arrastrada por la emoción de la sinceridad, la asamblea envió una delegación al rey en solicitud de clemencia. Concedida la gracia, el 3 de julio, el rey se dirige a los diputados. No dudo que esta asamblea dará una igual importancia a todas las medidas que tomé para restablecer el orden en la capital. Si el espíritu de licencia y de insubordinación continúa creciendo, se terminará quizá por desconocer el precio de los generosos trabajos a los que los representantes de la nación se van a consagrar. Nadie dudaba en Versalles de la inminencia del golpe militar contra París ni de la trampa tendida a la asamblea. Si se solidarizaba con el pueblo, sería acusada de promover la agitación. Si se solidarizaba con el rey, perdería por completo la confianza de los electores y su credibilidad ante la opinión. Otra vez va a encontrar Mirabó su talento excepcional para arrastrar a sus oyentes con otro discurso genial que no logra esconder su disposición a legitimar al vencedor de París. ¿Es pues a nosotros a quienes hay que prender si el pueblo que nos ha observado ha murmurado? Yo no he dudado jamás que la nobleza se interpondrá entre nosotros y las bayonetas. No es a ella a quien temo. Yo conozco a los consejeros pérfidos de estos atentados a la libertad pública y juro sobre el honor y la patria que los denunciaré un día. Rivarol Mirabó es capaz de todo por dinero, incluso de una buena acción. Rivaloriana La asamblea acuerda con el voto favorable de toda la nobleza Conjurar al rey a que reenvíe a los soldados a los puestos de donde vuestros consejeros los han sacado. La aristocracia, que tiene el monopolio del mando en el ejército, retira su apoyo político al golpe de la corte y del monarca sobre el pueblo. La alta nobleza asoma ahí otra vez sus aspiraciones rondistas contra el rey. La respuesta del monarca el 11 de julio, el mismo día que ordenó a Necker abandonar Francia, reveló que el golpe militar era cuestión de horas. Es necesario que haga uso de los medios que están en mi potencia para restaurar y mantener el orden en la capital y los alrededores. La destitución de Necker, conocida en París el domingo 12 de julio, será el fulminante de la insurrección. Nada tiene de extraño que el movimiento defensivo de las masas populares sin dirección política de la Asamblea desarrollase un espontaneísmo prerrevolucionario, invadiera la Bastilla improvisadamente sin darle especial importancia, cometiera crímenes gratuitos y celebrara macabramente el descabezamiento sangriento de la autoridad. Lo grave, lo que la historia no debe ni puede justificar, fue lo sucedido al día siguiente, tanto en la corte como en la asamblea. La creación de mitos no es atributo exclusivo de los pueblos primitivos. La condición social del hombre siempre ha mantenido dividida a la humanidad en grupos separados que marcan sus diferencias con una fuerte cohesión interior. Los mecanismos biológicos que posibilitan y condicionan el recuerdo hacen de la memoria grupal una máquina prodigiosa de fabricar consenso por medio de mitos unificadores. El mayor conocimiento racional en las sociedades modernas no ha eliminado la necesidad del mito, pero sí ha cambiado la función que desempeñaba en el proceso de constitución y mantenimiento de las formaciones sociales. El origen legendario del mito primitivo permitía que, sin mediaciones voluntarias, produjera directamente el consenso social. Pero el mito moderno, para alcanzar ese mismo resultado, necesita la mediación consciente del consenso político. Si este no altera significativamente la realidad histórica, el mito fundacional comunica una profunda estabilidad evolutiva al consenso social. Pero si el consenso político sustituye la realidad histórica por una fábula, una ficción que altera el significado de lo real, la sociedad se verá condenada a sufrir la violencia institucional y la propaganda ideológica para que el mito fabuloso pueda cumplir su función. El mito de la Bastilla, puramente legendario, no fue fundador sino derivado del consenso político. Sin el consenso del rey y los líderes de los comunes, unidos en un miedo recíproco, no se hablaría hoy de la Bastilla. La declaración de independencia americana es una realidad histórica, ocurrida el 4 de julio de 1776, ennoblecida y embellecida por el recuerdo de un mítico consenso social de honestidad y valentía fundadores de la nueva nación y del patriotismo. La identidad sustancial entre la realidad y el mito ha permitido la adaptación del consenso originario a los grandes desafíos de la guerra de secesión y de segregación racial. En cambio, la toma de la Bastilla es el ejemplo más notable del tipo bastardo de mito moderno. La diferencia sustancial entre la realidad del día 14 de julio de 1789 y el mito fabuloso creado en los tres días siguientes hizo imposible el desarrollo pacífico de la revolución, causó su fracaso democrático y, en consecuencia, el de los estados que hoy se legitiman como todos los de Europa continental en el ya bicentenario mito bastardo. La realidad de lo sucedido en París el día 14 es bien conocida, pero la historia no explica cómo nació la fábula de la toma de la Bastilla y de la revolución del día 15, ni por qué tuvo que ser solemnemente consagrada en los días 16 y 17 de julio de 1789. Sin esta fábula, la jornada del 14 de julio habría pasado a la historia como lo que realmente fue. Nadie tuvo en ese día conciencia de que se estaba realizando con el asalto a la Bastilla algo trascendental. Ni siquiera era un objetivo táctico que pudiera interesar a la corte o a la asamblea. El día 14 solo fue la simple continuación de una insurrección callejera comenzada el día anterior y alentada por el duque de Orleans que el cuerpo de electores constituido en Comuna de París trataba de impedir, controlar y sofocar. Por razones de necesidad vital, los electores burgueses de París se autoconstituyen en Comuna Municipal y Asambleas de Distrito, designan un comité permanente, forman una milicia burguesa Piden a la asamblea que apruebe esta iniciativa, obtienen del preboste municipal Braseles autorización para retirar los fusiles almacenados en los inválidos, organizan la marcha de 40.000 voluntarios que retiran 32.000 fusiles sin resistencia de la guarnición. A las 10 y media del día 14 de julio, una delegación del ayuntamiento pide al gobernador de la Bastilla que le entregue los cañones y polvora. La delegación es invitada a desayunar. A la misma hora, la masa de milicianos que regresa de los inválidos, al pasar por el Palais Royal, donde se reunía la multitud agitada por los agentes del Duque de Orleans controlados por Chauderlac de la Cloche, es desviada hacia la pastilla. El gobernador de la fortaleza, el marqués de la UNEI, retira los cañones a las 11 horas y media. Los agitadores propagan que se trata de una maniobra. Entre las 12 y las 13 horas, Turiot pide al UNEI la integración de una guardia municipal en la guarnición de la fortaleza. Este le dice que ordenará disparar si es atacada. A las 13 horas y media se produce una refriega entre la turba agitada por los agentes del duque de Orleans y los que esperan la negociación de Turiot. Desde la torre los soldados suizos disparan. Con el grito de traición comienzan los intentos de tomar la Bastilla. La delegación del abate Fuchet no consigue calmar los ánimos enardecidos. A las 13.30 horas, Maillard, Turióz, Etis de Kiorni y Julín organizaban el asalto. A las 16 horas, un disparo de cañón derriba la puerta central. Una desordenada multitud de artesanos, soldados y pequeños burgueses entra en el patio interior. La guarnición suiza dispara sobre la masa. Más de 80 muertos y otros tantos heridos. Llega una columna de 300 soldados de la guardia francesa al mando del teniente Elie. En la torre se agitan pañuelos blancos. A las 15.30 horas, la Bastilla capitula. Se liberan siete prisioneros. La turba de huella y cuelga a tres oficiales y tres soldados suizos. El gobernador Lanouay es conducido hacia el ayuntamiento. A las 16 horas, al pasar por la plaza de Greve, la UNEI fue degollado. Lo mismo que poco después Preselès, el preboste de París. Sus cabezas ensartadas en picas fueron llevadas en triunfo hasta el centro habitual de la excentricidad revolucionaria en el Palais Royal. Durante la noche, el duque de la Rochefoucauld despierta en Versalles a Luis XVI. ¿Es una revuelta? No, sire, es una revolución. La impresión que este día dejo en la conciencia ciudadana está descrita por muchos testigos de solvencia intelectual y moral. Uno de ellos de valor excepcional, por lo que luego llegaría a ser como símbolo de la más alta encarnación del espíritu republicano y revolucionario. El joven Saint-Just describe horrorizado la escena que ha presenciado. «No sé que se haya visto jamás, salvo en los esclavos, llevar el pueblo la cabeza de los más odiosos personajes en la punta de lanzas, beber su sangre, arrancarle el corazón y comerlo. Yo lo he visto en París». En la jornada del 14 de julio es fácil distinguir una acción principal, premeditada, la de los electores burgueses, una acción incidental e improvisada, la de los artesanos y soldados y un crimen pasional, el de la calle traicionada y vengadora. La acción principal de la burguesía tenía como finalidad defenderse a sí misma y al pueblo de París contra el golpe militar que el rey anunció para mantener el orden público. Lo más inteligente era suprimir el pretexto, suprimir el desorden público provocado por la dejadez de la policía y por el celo de los aduaneros que impedían o retrasaban el suministro de alimentos a la capital. El cuerpo de electores hizo todo lo posible para legitimarse con una autorización de la Asamblea Nacional, pero este órgano representativo estaba paralizado desde que la nobleza y el clero se integraron en él. Los revolucionarios de juramento se negaban a intervenir en las cuestiones del poder ejecutivo del monarca absoluto. Solo al final del día 13, el valiente diputado bretón de Chapelier, tan injustamente tratado por la historiografía marchista, pudo arrancar esta autorización a la asamblea. La organización de la comuna municipal y la constitución de un poder ejecutivo local por los electores chocaba frontalmente con la idea de sus diputados de limitar la revolución de la Asamblea Nacional a la sola conquista del poder legislativo. El error incidental, el descabellado asalto a la Bastilla y el crimen pasional que siguió la capitulación del gobernador no podían definir como revolucionaria la jornada del 14 de julio. Antes y después ocurrieron hechos parecidos que nadie recuerda. El asalto y pillaje de la fábrica de papeles pintados Revillón el día 28 de abril produjo más víctimas que cualquiera de las jornadas revolucionarias posteriores. La fortaleza ya no era una prisión ordinaria, pero continuaba siendo el símbolo terrorífico del antiguo régimen y la monarquía absoluta. Marchar sobre la Bastilla era un acto reflejo de ira popular. A la comitiva autorizada se unieron los habituales desocupados que se reunían en el Palace Royal. El día 22 de julio, otra vez, la masa vengadora decapita al ministro de finanzas Foulon y arranca al corazón a su yerno Berthier, intendente de París. Y otra vez, un testigo de excepción, el joven Babeu, elevado por el marxismo a una estatura política que nunca tuvo, expresa la ambivalencia de sus sentimientos inconformistas en una carta a su mujer. He visto pasar esta cabeza de suegro y de yerno conducida detrás por más de mil hombres armados en medio de doscientos mil espectadores que los apostrofaban y se divertían con las tropas de escolta. Como esta alegría me hacía mal, estaba a la vez satisfecho y descontento. Recogen y recogerán lo que han sembrado, porque todo esto, mi pobre mujercita, tendrá continuaciones terribles. No estamos más que en el principio. Babeu sabe que la insurrección no ha hecho más que principiar. El miedo del rey y de la asamblea pretendió, con la fábula consensuada de la toma de la Bastilla, darla por terminada. Inventaron y santificaron en Notre Dame una revolución que no había existido para conjurar la que podía venir. La rebelión de los electores de París y la creación de una milicia burguesa no eran suficientes para modificar la relación de fuerzas. Había que eliminar, fácticamente, esta relación, exagerar el significado de las acciones incidentales y criminales del 14 de julio, transformar la revuelta en revolución, hacer de la Bastilla el símbolo del absolutismo, convertir el asalto a una prisión abandonada en la toma de la Bastilla, el crimen en violencia revolucionaria, los asesinos en héroes. El proceso fabulador lo inicia Luis XVI quien escribe al rey de España Carlos IV para hacer constar oficialmente a las monarquías europeas que todos los actos realizados a partir del 15 de julio no son imputables a su libre voluntad y consentimiento. El rey, dominado por el pánico y habituado al disimulo, se presentó ese día de improviso en la residencia particular de los primeros líderes de los comunes, que ya se disponían a oír al extranjero o a esconderse en provincias en busca de seguridad personal. Los dos miedos antagónicos se fundieron en el acuerdo instantáneo de retirar las tropas de París, presentarse al rey en la comuna y celebrar un Tedeum en Nostredame en acción de gracias. Tan pronto como Luis XVI les dijo soy yo quien me confío a vosotros, el entusiasmo y el consenso de los héroes de la asamblea fueron instantáneos. La revolución consumada, el rey su jefe, el mito de la Bastilla nacido. Asamblea ha de legitimar y asumir como propios el error y el horror del asalto de la Bastilla. Ese mismo día 15 envía una delegación de 88 diputados a felicitar a la comuna de los electores, esos mismos electores a quienes antes no quería siquiera recibir. El presidente de la asamblea, el científico Bailey, pasa a ser presidente de la comuna de París, y el aristócrata Lafayette, comandante general de la milicia burguesa denominada Guardia Nacional. El arzobispo de París, el consejero de la reina que había inspirado la destitución de Necker y el golpe de fuerza del rey contra la asamblea, celebra el solemne que dé un en acción de gracias por los hechos criminales del día 14. El Abad Sieyes, que había inspirado la usurpación de la soberanía de los electores por la Asamblea Nacional, escribe en su noticia que así fue probada la voluntad cierta de la nación sobre la naturaleza y extensión de los poderes conferidos a los diputados. La asamblea legitima y glorifica el error y el crimen de la Bastilla. Los hace suyos como representante de la nación porque es la nación, es decir, la revolución, quien los ha cometido. Las cabezas del marqués de Lanuay y del preboste Freseles probaban que la nación había conferido a los diputados poderes constituyentes del reino. La cocarda rojo y azul de París en Luis XVI prefigura el cambio de la corona por la nación que pronto consumará la guillotina. La revolución institucionalizada. Al día siguiente, 16 de julio, mientras parten para el exilio la mitad de la corte, los hermanos del rey, el ministerio Breutel y el jefe del ejército, Mariscal Broglie, Luis XVI y la asamblea, llaman con urgencia a Necker. El astrónomo Bailey y el general Lafayette toman posesión de sus nuevas funciones. El proceso fabulador del mito lo terminó también Louis XVI, visitando el día 17 la columna insurreccional de París y diciendo «Yo apruebo el establecimiento de la Guardia Burguesa». Esa misma milicia que la Asamblea despreció y negó su legitimidad hasta el último segundo. El mito de la Bastilla permitió a Luis XVI y a la Asamblea Nacional institucionalizar una revolución con una monarquía que retenía el poder ejecutivo y judicial y compartía con la representación nacional el poder legislativo. Este simulacro de revolución por consenso, esta glorificación del crimen, este error político no podía dejar de producir errores y crímenes mayores en el futuro inmediato. La fábula de la Bastilla fundó la práctica y la teoría de las revoluciones y contrarrevoluciones europeas sobre la falsa creencia de que el Estado es un aparato externo a la sociedad que se puede tomar con violencia o sin ella, para dirigirlo contra la burguesía, contra la clase obrera o contra el pueblo. Tomar el palacio de invierno, marchar sobre Roma, ocupar electoralmente el Reichstag, conquistar el poder político y utilizarlo desde el Estado para controlar la sociedad, han sido y son monstruosas aberraciones doctrinales que traen su causa desde la mítica toma de la Bastilla y han ocasionado las mayores tragedias de la humanidad. La santificación del crimen de las masas revolucionarias sin dirección política conduciría al terror, a la violencia institucional que sepultaría tanto la revolución de la razón nacional del Estado como el principio democrático del gobierno. La herencia de la Revolución Francesa legó el mito de la Bastilla a la ficción del «como si» en la fundación de los estados totalitarios y en la fundamentación de los estados de partidos en representación política. La propaganda ideológica del Estado y de la violencia institucional acompañantes del consenso ha sido tan intensa que ahora, a diferencia de lo que acontecía en el siglo XIX, el peligro no está ya en el sufragio universal de las masas sin ilustración, sino exactamente en su contrario. El verdadero peligro está en los partidos estatales que, en lugar de representarlas y dirigirlas, se ha adueñado del Estado haciéndose ellos mismos masa social materia de intereses. Con demagogia de masas han suplido el descubrimiento revolucionario de la separación de poderes con la integración permanente en el Estado de una sindicación de partidos de poder estatal. El alma y la mente masa gobiernan el Estado de partidos. El hecho verdaderamente revolucionario, el que sacudió los cimientos de la monarquía absoluta, no fue la toma de la bastilla, sino el que en la semana siguiente condujo a la abolición del feudalismo cuando aún no se había comenzado a debatir los principios y criterios de organización del poder estatal en una monarquía constitucional que se insinuaba en los hechos antes que en las conciencias. Masas campesinas dominadas por el pánico vuelven las armas preparadas para un enemigo imaginario contra su enemigo ancestral. Y sólo una azarosa mezcla de intuición, erudición y sólido trabajo encontró la clave que desveló el misterio, la magia y el milagro de la abolición del feudalismo por los propios señores feudales. En un pequeño libro, casi marginal en la obra de uno de los más grandes historiadores marxistas de la Revolución Francesa, Georges Lefebvre descubre la causa profunda de los acontecimientos que provocaron el Gran Miedo, a finales de junio del 89 en la propia mentalidad colectiva de las masas campesinas actuantes. Este libro, publicado en 1932 bajo el título de La Grande Peor de 1789, se ha convertido en un clásico que ningún historiador ha intentado siquiera refutar, a pesar de que la originalidad de su método de investigación tardó bastante tiempo en ser percibida, salvo por su colega en la Universidad de Estrasburgo, el famoso medievalista Marc Bloch. La crítica especializada lo consideró un buen trabajo que se limitaba a extender a toda Francia la cartografía y la cronología sistemática del miedo campesino durante los últimos días de julio de 1789, que 30 años antes había sido diseñado para la región del Delfinado por el historiador Pierre Connard. La simple cartografía revelaba ya una clara originalidad en las conclusiones que, sin embargo, el propio autor ni siquiera percibió porque eran incompatibles con la tesis marxista de su obra general. El cómo pudo verse y comprobarse en el mapa espacial del Gran Miedo y en el mapa cronológico de circulación de las noticias desde París a las provincias, los siete epicentros de irradiación original del pánico independientes entre sí no pudieron estar provocados o influidos por agentes o rumores procedentes de París. Cuando la noticia de la Bastilla llegó a los límites fronterizos de Francia, las grandes corrientes de pánico campesino estaban acabadas. Quedaban descartadas las versiones fabricadas en Versalles y reproducidas por todos los historiadores. La cartografía del gran miedo, por sí sola, pulveriza la interpretación marxista del propio Lefebvre, de que el modo de producción feudal fue abolido por el modo de producción capitalista, mediante un acto revolucionario de la burguesía convergente con el proletariado de París y el campesinado de provincias. Este ejemplo de cómo las ideologías políticas de los historiadores deforman y acomodan la interpretación de los hechos reales del pasado a sus creencias e intereses culturales del presente, de cómo subordinan los hechos a las ideas, de cómo las veladuras del espíritu ocultan la realidad en la materia investigada, alcanza la categoría de paradigmático. La refutación total de la tesis marxista sobre la evolución de la forma brutal de producción agraria llevada a cabo por la burguesía liberal, en alianza con el proletariado urbano y las clevas del campo, fue hecha a pedazos por el marxismo del propio Lefebvre sin ser consciente de ello. En primer lugar, las violentas revueltas de las masas campesinas fueron totalmente autónomas respecto de Versalles y París. En segundo lugar, llegada la noticia del salvajismo campesino a los tres estados reunidos en Versalles, los diputados del tercer estado, sin excepción alguna, pidieron la inmediata represión del movimiento campesino por haber atentado al sacrosanto derecho de propiedad. Y en tercer lugar fue la facción liberal de la gran nobleza y en concreto el vizconde de Noailles y el duque de Aguillón la que preparó con total sorpresa de la asamblea la abolición de sus propios derechos feudales como luego se detallará. El original trabajo de Lefebvre destruía también con su cartografía las versiones liberales de que la violencia armada de los campesinos fue un complot aristocrático para obligar al rey a restaurar con el ejército el orden tradicional, como asimismo la versión contrarrevolucionaria de que esas masas habían sido manipuladas por los agentes del duque de Orleans con la intención de que el rey se apoyase en él para apacifar las revueltas y controlar el movimiento revolucionario de París. Pero Lefebvre, para resolver el misterio que envolvió a los historiadores anteriores, tuvo que enfrentarse con otro misterio que surgió de su propia investigación. ¿Cómo una reacción defensiva de los campesinos contra un enemigo imaginario pudo transformarse en una acción ofensiva contra su antagonista tradicional? Para resolver este segundo misterio, Lefebvre recurrió con éxito a la sociología y a la psicología de las masas, articulando lo psicológico y lo sociológico en una originalísima historia de las creencias sin necesidad de acudir a la patología de la alucinación colectiva. En la Sociología de los Fenómenos Colectivos Extraños a la Lógica, que esbozó Durkheim en sus obras sobre el suicidio y las formas elementales de la vida religiosa, encontró Lefebvre la fundamentación teórica para construir una tipología de masas revolucionarias basada además en el estudio histórico de las mentalidades prelógicas y colectivas que estaba haciendo su amigo Lucien Lefebvre en su biografía de Lutero. Los historiadores estudian las condiciones económicas, descubren los acontecimientos y contabilizan los resultados. Pero Lefebvre advierte que entre estas causas y estos efectos se intercala la constitución de la mentalidad colectiva. Es ella quien establece el verdadero lazo causal y se puede decir que sólo ella permite comprender el efecto, porque éste puede parecer a veces desproporcionado en relación a la causa, tal como la define frecuentemente el historiador. La historia social no puede limitarse a describir los aspectos externos de las clases antagonistas. Es necesario que alcance el contenido mental de cada una de ellas y así puede contribuir a explicar la historia política y muy particularmente la acción de las concentraciones de masas revolucionarias. Este método fue aplicado por Lefebvre en un brevísimo artículo en el que, de paso, demostró los errores conceptuales de Gustave Le Bon sobre la psicología de las masas para explicar varios acontecimientos revolucionarios. Una aglomeración de pacíficos parisinos que se pasean al sol en los alrededores del Palais Royal, el domingo 12 de julio, cambia de repente su estado de espíritu al recibir la noticia de la destitución de Necker, transformando bruscamente el estado de aglomeración en estado de masa revolucionaria. El domingo 26 de julio, los campesinos de Ige, que se encontraban naturalmente reunidos a la salida de la iglesia, se convierten en atropamiento asustado al caer sobre ellos el rumor de la llegada en tropel de bandidos ladrones de cosechas. Superado el momento de terror, se transforma en una organización defensiva. No encontrando al enemigo imaginario, la multitud organizada para fines defensivos sufre una brusca mutación en masa revolucionaria que ataca a su antagonista tradicional. Una manifestación de mujeres que protestan contra la escasez del pan se transforma bruscamente el día siguiente, 5 de octubre, en columna revolucionaria que marcha sobre el castillo de Versalles. El despertar súbito de la conciencia y grupo, provocado por un estímulo violento, comunica inmediatamente al agregado de individuos un carácter nuevo colectivo, que Lefebvre llamó estado de masa. Es sorprendente la extraordinaria similitud de estas mutaciones humanas con los fenómenos biológicos explicados por René Tom en su teoría matemática de catástrofes. Un agregado de pacíficas langostas, llegado al punto de saturación del olor de sus feromonas a causa de la superpoblación, cambia bruscamente su estado habitual y levanta el vuelo devastador en estado de plaga. Este maravilloso hallazgo intelectual del Efebré, en su modo de acercarse al conocimiento de las causas de los movimientos revolucionarios a través del Estado o mentalidad de masa, alentó a sus numerosos discípulos anglosajones, ajenos a la ideología marxista, a perseverar en este método hoy denominado Historia de las Mentalidades. Las noticias de la violencia campesina produjeron en Versalles una reacción inesperada de la Asamblea. En un primer momento, la una amenidad de los diputados fue tan espontánea como previsible. Deseó de reprimir ejemplarmente a los culpables por haber atentado nada menos que a uno de los pilares básicos de la revolución del Tercer Estado, la sacrosanta propiedad. Los patrimonios feudales y señoriales también eran derechos de propiedad, pero los diputados con más instinto político temieron que la represión campesina diera más poder a las tropas reales y una nueva facultad de arbitraje al rey. Para encontrar otra solución más inteligente, el Club Breton, que solía concertarse antes de los debates en la asamblea, se reunió en la noche del 3 de agosto. La única fuente fidedigna de lo que ocurrió es una carta del diputado Parisot, donde explica los motivos e intenciones de lo que se acordó con tanto sigilo para sorprender a la asamblea. Nosotros, alrededor de 100, hemos tenido una sesión durante casi toda la noche. Se ha resuelto emplear una especie de magia para destruir todos los privilegios de clases, de provincias, de ciudades y de corporaciones. Con esta intención, hemos entrado en la sala a las cinco horas. Solo nuestro comité estaba en el secreto. El resultado sobrepasó lo esperado. Le Capelier solo quería evitar la ruptura de la nobleza con el Tercer Estado. Pero la inteligencia de los intereses económicos en juego superó la táctica de las voluntades. Al día siguiente, 4 de agosto, a las 8 horas de la tarde, la asamblea comenzó a debatir la manera de defender los bienes y personas hasta que el marqués de Noailles cambió el sentido del debate con la propuesta de una ley que autorizara la compra de los derechos feudales, la abolición de las cargas señoriales sin indemnización y de las demás servidumbres personales. Propuesta que concretó el duque de Guillon en la compra de denier 30, es decir, 30 veces más que los ingresos anuales recibidos por razón de los derechos feudales y de las servidumbres señoriales. Como era de suponer... Tan extraordinaria operación financiera, tan hábil maniobra económica para convertir en capital circulante el patrimonio feudal inmovilizado, se presentó revestida con las jalas de la más ardiente condena del feudalismo y de las costumbres góticas. Fue un espectáculo único hasta entonces en la historia. Lo que parecía un suicidio económico era en realidad una especulación financiera. Lo que aparentaba ser un alto generoso de renuncia a privilegios y derechos históricos feudales era una gigantesca operación de compraventa que alteraba la estructura del capital. Ante la contemplación de la nueva riqueza fiduciaria que podía adquirir el noble Ante la contemplación de la nueva riqueza fiduciaria que podía adquirir de golpe la nobleza, a la vista de la igualación de la libertad de mercado inmobiliario para todas las clases de propiedad, estalló súbitamente entre aristócratas y burgueses una oleada de euforia contagiosa, una conmoción espiritual de entusiasmo colectivo y una puja de patriotismo en todos los miembros de la asamblea. En la aristocracia porque calculó en el acto lo que esa ley le beneficiaría. En los profesionales y burgueses porque veían por fin la libertad de acceso a toda clase de propiedades. La nobleza hacía sacrificio a la nación de sus privilegios seculares, de los símbolos y realidades de su inmenso poder sobre los campesinos. El entusiasmo alcanzó el delirio cuando, a las dos de la madrugada, Lely Tolendán anunció la buena disposición de Luis XVI. Entonces ya no se trataba de los derechos feudales, sino de todos los privilegios de concesión real y los diezmos de la iglesia. Veinte días después de la Bastilla, se desmorona, en una noche mágica, el mundo medieval sobre el que se había coronado la monarquía absoluta. La historiografía marxista seguirá diciendo que por gracia y obra de la burguesía aliada con el proletariado, siendo así que esta revolución más económica que política llegó sin esperarlo nadie en virtud de una coyuntura, antes de que se hubiera concedido la posibilidad de revolución social, cuando todo el interés público estaba puesto en una declaración de los derechos naturales y universales del hombre ciudadano. Las corporaciones laborales no entraron en el lote de la abolición, pero al día siguiente, 5 de agosto, los diezmos de la iglesia, entre un 20 y un 5% de las cosechas, fueron abolidos sin indemnización. Aunque el perjuicio eclesiástico era evidente, traducido a la economía real, era un prodigioso regalo a los propietarios que habían descontado la capitalización del diezmo en el precio de compra de unas fincas que, sin diezmo, se revalorizaban en el acto. La Asamblea Nacional destruye enteramente el régimen feudal al decretar también la abolición de la penalidad en los oficios. La gratuidad de la justicia y la gran innovación de que todos los ciudadanos sin distinción de nacimiento podrán ser admitidos a todos los empleos y dignidades eclesiásticas, civiles y militares. Pese a la ficción revolucionaria de la rendición de la Bastilla 14 de julio y a la renuncia de la Gran Puebla al federalismo el 4 de agosto, nada había cambiado de sustancial en la relación de fuerzas que sostenía el equilibrio de la monarquía absoluta. La Asamblea Nacional, a pesar de su nombre, permanecía feudal, no era otra cosa que los antiguos estados generales, Michelet, y tan pronto como dejaba de discutir abstracciones caía en la parálisis, cuando no en la impotencia o la reacción. Luis XVI había expresado sin ambigüedad que no aprobaría la abolición de los derechos feudales ni la declaración de derechos del hombre y que sólo estaría dispuesto a autorizar la Constitución a condición de reservarse el poder ejecutivo, el judicial y un derecho de veto absoluto sobre el poder legislativo. La mayoría de la asamblea apoyaba este tipo de constitución monárquica, salvo en lo absoluto del veto que sólo lo quería relativo a determinadas cuestiones esenciales. Nada ilustra mejor la disparatada situación en que los representantes habían colocado el movimiento popular que la contradictoria conducta Mirabeau cuando dijo, sin escandalizar a sus compañeros, que prefería vivir entre otomanos bajo un sultán con derecho de veto que en Francia bajo un monarca sin veto, mientras hacía circular en las tribunas populares del Palais Royal el falso rumor de que había sufrido un atentado mortal perpetrado por los partidarios del veto. El clima de desconfianza hacia la Asamblea de Versalles no estaba compensado, como sucedió en las jornadas de julio, por la confianza en los electores del Distrito de París. La nueva Asamblea de la Comuna de París, a la que accedieron por elección talentos como Condorcet, Lavoisier y Brissot, eran capaces de establecer coherencia administrativa y solidaridad con los ayuntamientos rurales para abastecer regularmente a la población de París. El papel impulsor, desempeñado en julio por la Comisión de Lectores, fue asumido desde finales de agosto por las mujeres de los mercados centrales de Allé, organizadas en corporación y convertidas en intérpretes y portavoces de todas las amas de casa pobre de París. Ellas difundieron la creencia popular, siempre proclive a la sospecha de lo inmerosímil de que la escasez de pan y harina terminaría tan pronto como se trajeran a París al rey panadero, a la reina panadera y al príncipe panadero. La consigna sonó como poesía en los estómagos parisinos, que ya no creían en sus representantes en Versalles. Que las mujeres de los mercados tuvieran esta ocurrencia no obligaba a que ellas mismas la ejecutaran. La indecisión de los hombres las determinaría a la gente. La noticia de la despedida de Necker desencadenó el movimiento espontáneo de la burguesía urbana que, por encima del episodio sangriento cometida por una turca parisina tras la rendición de la Bastilla, condujo a la creación de la milicia burguesa y de la comuna en el ayuntamiento de París. pero la relación de poder en el estado absoluto no había cambiado. Fue otra noticia la que provocó el primer hecho que puede ser calificado de objetivamente revolucionario. La ofensa de la reina a la escarapela bicolor en la cena de gala que ofreció a los oficiales del regimiento de Flandes Fue la chispa que puso en pie de guerra a las mujeres y en marcha el movimiento femenino que consiguió la inmediata aprobación por el rey de la abolición de los derechos feudales y de la declaración de derechos del hombre. Mujeres que realizaron la heroica proeza de arrastrar a París a la familia real para poner fin a la escasez de pan y, alterando de verdad el equilibrio político a favor de la causa popular, abrir un periodo de paz de dos años que sería roto unilateralmente por la huida del rey a Barennes. A pesar del notable trabajo realizado por la histografía femenina, especialmente la anglosajona, para establecer la verdad histórica y, con ella, la importancia y dignidad de la participación de la mujer en los acontecimientos de la Revolución Francesa, Para la denigración y falseamiento de que había sido objetivo, falta aún por investigar cuestiones esenciales sobre la iniciativa y dirección de la primera gran manifestación pública del movimiento femenino, tan lleno de inteligencia política como de coherencia moral y determinación de actuar de la voluntad femenina. La marcha en columna fue una innovación táctica de la mujer respecto de la tradicional barricada masculina. La superioridad de la marcha ofensiva sobre la barricada defensiva fue descubierta por azar el 14 de julio cuando la columna que regresaba desde los inválidos a las barricadas se desvió hacia la Bastilla. A instigación principal de las mujeres del Palace Royal. La cultura de la barricada fue producto de la época en que el pueblo para defender sus antiguos derechos no podía concebir otra acción colectiva que la de resistir en su casa, en su calle, en su plaza. Pero cuando se trató de conquistar nuevos derechos la barricada además de inútil devino suicida. Al adversario le bastaba cortar el suministro de alimentos como en la táctica militar de asedio para aniquilar a los sitiados. La conquista revolucionaria de nuevos derechos requería necesariamente el hallazgo por el pueblo de una táctica ofensiva adecuada. En un primer momento, la inercia del pensamiento y el recuerdo emotivo de las luchas hondistas impulsaron erróneamente a los parisinos a prepararse durante las jornadas que siguieron al 14 de julio para una resistencia de barricadas. En esta tradición, la mujer ayuda al varón realizando, como en la vida cotidiana, las labores de intendencia. El maestro, el oficial y el aprendiz permanecen en casa mientras la mujer sale a buscar alimentos, leña, candelas, jabón, noticias del mercado, rumores de la calle y cuando se trata de defender su casa, armas de fuego y pólvora. En tiempos de crisis, los mercados se convierten en lugares donde circulan los rumores, fantasías, opiniones y propósitos colectivos de las masas femeninas. Fue natural que la decisión de marchar sobre la Asamblea Nacional en manifestación por las calles de París y en columna por la ruta de Versalles surgiera de las mujeres del mercado de la Hague para resolver el abastecimiento de pan, obligando al rey a vivir en el Louvre. Las mujeres deciden ir solas, sin hombres y contra los hombres. Estaban resentidas por su pasividad ante la situación que atormentaba a las familias. Incluso formaron una guardia de orden para impedir que los hombres se incorporasen. Los historiadores explican esta originalidad por la razón táctica de asegurar que la columna llegara a Versalles sin ser ametrallada. Absurda y superficial explicación que no tiene en cuenta las evidencias que la contradicen. Si ese hubiera sido el objetivo de las mujeres, no habrían elegido la táctica de marchar en columna militar con armas de fuego, ni habrían admitido en sus filas a unos centenares de hombres disfrazados de mujeres para ayudarlas en el transporte de carruajes y armas pesadas. Infantil treta que a nadie engañó, pero que ha servido a muchos historiadores de punto de apoyo para negar que la iniciativa de la marcha ni su principal contingente correspondiera a las mujeres. Una versión completamente desmentida por los datos comprobados en la moderna histografía por la índole femenina de las reivindicaciones, por la explícita condena de las mujeres del mercado a la falta de determinación de los hombres y por el absoluto protagonismo de las mujeres en el desenlace de los acontecimientos que esa marcha produjo en Versalles. Deciden ir como mujeres para poder actuar como mujeres, para resolver femeninamente un problema práctico de intendencia y reparar ellas mismas la ofensa de una mujer, la reina, a sus héroes de la Bastille. Habían perdido su confianza en la voluntad masculina de resolver la situación con algo más que palabras. Tenían que dar una lección ejemplar. Marcharán contra la Asamblea Nacional y, si fuera necesaria, contra el castillo en Versalles. Obligarán al rey a que garantice el abastecimiento de pan y a que retire el veto. Y a los oficiales de la reina a que pisoteen la escarapela negra de la austríaca y se pongan la azul y roja de París. El sello femenino de aquella histórica marcha de las mujeres parisinas a Versalles imprimió carácter indeleble a la futura presencia de la mujer en acciones colectivas referentes a la libertad política y a la justicia distributiva. Ese brillante antecedente marcó de sentido progresista al futuro movimiento feminista desde las sufragistas hasta las conquistadoras de derechos sociales inherentes a la maternidad y al trabajo de menores. A diferencia de las acciones colectivas de los hombres, ellas no reconocen ningún liderazgo. Piden al considerado popularmente héroe de la Bastilla, Maillard, que las acompañe para que sean presentadas formalmente en la asamblea. Allí se expresa este con rudeza. Las mujeres amenazan al presidente Mounier por defender el veto del rey, pero lo aplauden cuando responde que lo hace por conciencia sin temor a perder la vida por ello. Aún había en ellas un profundo respeto a la honradez. Designan como portavoz de la comisión de doce mujeres que presentará al rey sus exigencias, no peticiones, a la joven Louise Chablis, quien sale emocionada de la entrevista dando vivas al rey porque la ha prometido abastecer de pan a París. Las mujeres la obligan bajo una lluvia de insultos y amenazas a volver a entrar y no salir de la habitación real sin la orden escrita y firmada por el propio rey. Cuando todos pensaban que la crisis provocada por el levantamiento comunista había sido resuelta con la satisfacción de sus exigencias de suministrar pan a los parisinos, retirar el veto a los acuerdos de la asamblea, aprobar la declaración de derechos y restituir el honor nacional de la escaracela de la revolución, el alba sorprendió al castillo con una invasión de mujeres que llegan hasta el mismo aposento de la reina, para conseguir el último y más firme de sus propósitos, devolver la familia real al palacio del Louvre de París, que lo había abandonado por los placeres de Versalles más de 100 años antes. Espectáculo insólito. Las mujeres arrastran a los leyes al Louvre. El 6 de octubre entró en París toda la familia real escoltada por una inmensa muchedumbre, seguida horas después por la Asamblea Nacional. Es el primer conato de revolución. Ni antes ni después se produce un acontecimiento revolucionario de tal envergadura hasta el regreso del rey apresado en Barennes, cuando intentaba reunirse en la frontera con el ejército austriaco. Las mujeres confinaron a la familia real en las Tullerías. Les retiraron la libertad de residir en cualquier otro lugar, lo que motivó la emigración de muchos diputados de la nobleza y el retiro a sus provincias de distinguidos miembros de los comunes de la moneda. Las mujeres estarán ya en todos los movimientos populares. primero contra las tuyerías para deponer al rey, luego contra la Samuelía para recapitar a la Gironda y después contra la Convención de Robespierre para obtener las primeras medidas de intervención económica del Estado limitando el precio del pan, azúcar, café, velas y jabón con la famosa Ley del Máximo. CONTRA LA IDEOLOGÍA FISIÓCRATA DE LAISSEZ-GAYRI, COMÚN A TODAS LAS FACCIONES REVOLUCIONARIAS, INCLUSO LA JACOBINA Y LA EVERTISTA. DUDABLES MÉRITOS HISTÓRICOS DE LA PRESIÓN MARCHOSA DE LAS MUJERES. una táctica de marcha urbana contra la convención que terminó en el reaccionario directorio, cuando Bonaparte hacía méritos profesionales empleando la artillería en la célebre masacre de Vendimiario. Una vez emperador, ordenó el diseño urbanístico del París moderno y ampuloso que hoy conocemos con la finalidad contrarrevolucionaria de ofrecer espacios abiertos y grandes arterias urbanas que permitieran reprimir con facilidad las marchas de la movilización popular a cañonazos de metralla. de fuerzas en la asamblea se decantaba hacia los comunes. La cuestión del veto real seguía paralizada. Un año después, octubre de 1790, comenzaron los preparativos del rey para salir de Francia y volver a ella con una invasión militar de las potencias monárquicas. Organizada por el emperador de Austria, hermano de la reina, como lo atestiguan el testimonio de marqués de Boullier, encargado por el propio Luis XVI de la evasión y la correspondencia secreta de María Antonieta. Los rumores sobre la posible huida de Luis XVI motivaron el decreto de 28 de marzo de 1791, en el que la asamblea estableció que si el rey salía del reino, se considerará equivalente a una abdicación. En el mes de abril, otra vez, son las masas parisinas plagadas de mujeres las que impiden la intentona del rey de trasladar su residencia desde las tuyerías a Saint-Claude. No obstante, la obstinación de la reina consiguió que se organizara la huida del rey con toda su familia disfrazada de burguesa como si fuera la de Monseur Durand para el día 19 de junio de 1791. Circunstancias puramente fortuitas que permitieron prender a Luis XVI cerca de Barennes cuando pretendía reunirse con el ejército austríaco en la frontera se unen a los también hechos fortuitos de la toma de la Bastilla. del vandalismo campesino en el gran miedo que provocó la renuncia de la nobleza a sus derechos feudales, de la marcha de las mujeres a Versalles y metió en las tuyerías a la familia real para comprender que todo lo revolucionario, incluida la dramática escisión de los jacobinos y la aprobación de la declaración de derechos y de la constitución del 91, fue obra del azar o de la fortuna. Cuando estaba todo planificado y decidido para la huida de la familia real, con fecha de salida el 19 de junio a las 24 horas, María Antonieta decidió aplazarla al día siguiente. La caravana tampoco partió a las 12 de la noche como estaba previsto, para sincronizar los cambios de postas, reíais, durante el trayecto, sino a las 2 de la madrugada del día 21. Extraordinario motivo del retraso, la reina no quiso ser acompañada de una de sus damas de compañía porque era una demócrata en Rayé. Consecuencias del retraso 1. Los destacamientos elegidos por Boudier para asegurar la ruta, estacionados en los Rayéis más tiempo del previsto, levantaron sospechas en las poblaciones. 2. El comandante del primer destacamiento, Choisel, ante tanto retraso dispersó a su tropa, transmitió a la posta siguiente la orden desmontar y cambió la ruta prevista para buscar en otra a la caravana fugitiva. 3. El rey encontró a su tropa en el Clermont en Argonne, pero el municipio no había sido avisado y dejó continuar a los viajeros pero no a la escolta. La posta de Barennes fue colocada después y no antes del puente, lo que permitió a Drohet identificar a Luis XVI, dar la alerta, bloquear el paso por el puente, retener al rey en casa del tendero, Sauce, y avisar a la asamblea. La noticia de la huida del rey y de su detención en Barennes cayó como una bomba de racimo en la asamblea. El miedo y la seguridad general ahogaron las alegrías particulares, salvo en el republicano Robert, que se apresuró a reeditar su obra sobre el republicanismo adaptado a Francia con el subtítulo Ventajas de la huida de Luis XVI y necesidad de un nuevo gobierno. Sin el rey, la diputación carecía de sentido político integrador de la nación en el estado monárquico y de legitimidad constitucional. Todos esperaban con ansiedad el regreso de los delegados por la asamblea Petión y Bernat con la familia real para saber a qué atenerse. El cortejo dejaba atónitos a los pueblos por donde pasaba, con campesinos armados de todo menos fusiles. La muchedumbre que llenó hasta los tejados de París recibió a los reyes del modo que a más impresión produjo, al que Michelet llamó excommunication du silence. El regreso a París de la comitiva fue lo novelesco. No se conocen las conversaciones entre el rey y Petión durante tanto tiempo sentados en la misma carroza, ni las de la reina con Bernard en otra. Pero se pueden deducir por los sentimientos nuevos que los embargaron. María Antonieta comentó, Bernabé, est fort bien. Petión deliró. Si por encantamiento todo el mundo hubiera desaparecido... Madame Elizabeth se habría dejado ir en mis brazos y abandonado al movimiento de la naturaleza. La solución encontrada por la asamblea a la gravísima situación de la corona, creada por el azar de los acontecimientos, fue todavía más estrambótica que la desastrosa improvisación de la huida. Aunque sólo pudiera parecer verosímil a pueblos primitivos creyentes en la magia, la asamblea elegió por decreto que el rey no había huido, sino que había sido raptado y bautizado con el apellido Durán. Y para hacerlo más verosímil, el propio decreto añadió al rapto involuntario por sus propios guardianes, la seducción por un ente fantasmagórico que convenció al rey de la necesidad de huir de Francia. La contradicción entre rapto y seducción, la absoluta inverosimilitud del decreto, solo lo explica algo muy superior a la lógica e incluso a la política. El pánico de las diputaciones ante la imaginación de lo que sucedería si decían al pueblo la verdad. El historiador Edgar Kinect, digno de admiración por su inteligencia analítica y su independencia de criterio, consideró en la Revolución 1865 que esta mentira de la Asamblea Nacional al pueblo no era necesaria y que si hubiera dicho toda la verdad se hubiera revelado la responsabilidad directa del rey. La Revolución habría evitado muchas de sus dificultades y sufrimientos. Pero Jaurés, en su Historia Socialista de la Revolución , alabó esa mentira para que la Asamblea resolviera su problema de conciencia con la afición de suponer, como Mirabeau, que la voluntad verdadera del rey era favorable a la revolución, pero la atacaba en todos sus actos como si estuvieran inspirados por la perfidia de la corte. El ficcionalismo del como si, para disimular una pura tradición presente ya en el discurso socialista de principios del siglo XX, no ha sido una creación del actual estado de partidos. La asamblea, a excepción de los cordeliers, decidió dar por terminada la revolución de la libertad para que el pueblo no iniciara la de la igualdad, atentando contra la sagrada propiedad. En defecto de Mirabeau, comprado por la corona, pagó sus deudas y le abonaba 6.000 libras mensuales, surgió el talento de Bernabé para hacer el discurso de la nueva felonía. ¿No sería interesante continuar relatando los hechos sin preguntarse si los narrados hasta ahora respondían a una finalidad revolucionaria, eran frutos del puro azar o de una fortuna que propiciaban la revolución?