📖 Teoría Pura de la República (1. DEDICATORIA Y ACTUALIDAD DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA) Audiolibro 📖

2021-03-27 Píldoras Democráticas 1:07:25 YouTube ↗
📖 Teoría Pura de la República (1. DEDICATORIA Y ACTUALIDAD DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA) Audiolibro 📖

Transcripción

Locutor 00

Teoría pura de la República de Antonio García Trevijano Cita inicial Sin antecedentes doctrinales y sin pensadores de referencia, la teoría pura ha tenido que observar y contrastar los hechos de evidencia y de experiencia repetidos sistemáticamente en todos los estados de partidos para llegar a la conclusión de que las razones del fracaso moral, político y cultural de estos son congénitas e institucionales. La causa es debida a dos hechos decisivos, ausencia de libertad política colectiva y falta de representación de la sociedad ante el Estado. La libertad política colectiva está secuestrada por los partidos estatales, únicos agentes y gestores del monopolio político de la representación de sí mismos comportada por el sistema proporcional de listas de partido. La democracia formal no es sinónimo de libertad. Antes bien, puede convertirse en una oligarquía tan poderosa, corrompida y asfixiante como pocas tiranías. Antonio García Trevijano se ha distinguido siempre por su compromiso irrenunciable con la libertad política real y concreta. Para ello aboga por unas instituciones definidas y operantes, respaldadas por una constitución tan clara, sencilla y expresa como sea posible, y por un llamamiento a la responsabilidad de la sociedad civil, consciente de que el ejercicio del poder es posible gracias a la cesión del mismo por su parte. Dedicatoria Nada puede compensar tanto una vida entregada a la causa de la libertad política como saber que no ha sido ilusión mental ni aventura personal. Una joven generación de repúblicos, consciente de que en las partidocracias no hay libertad política, representación de la sociedad civil ni democracia formal, ha recogido en las tinieblas de lo público la tea encendida con chispas de pedernal y aires de libertad. para proseguir iluminando la solución del problema cognoscitivo de lo político y la política mediante la identificación de la verdad política con libertad colectiva. Dedico esta teoría pura de la república y la filosofía de su acción constituyente a las personas dignas y valerosas que encuentren en las ideas, experiencias, sentimientos y acciones que la han edificado las fuentes de energía moral e intelectual que necesita el moderno humanismo para encaminarse hacia la democracia. especialmente a la libertad política contra las partidocracias, participando en movimientos de ciudadanos lúcidos decididos a implantar en su país la república constitucional. Pienso en la simpatía que puede comunicar esta obra a los más cercanos a ella. Publicistas de la verdad. José M. de la Red, Vicente Desi, José Ramón Álvarez Laina, José María Aguilar, David López Sandoval, Educador, Dalmacio Negro, Tratadista del Estado. Gabriel Albiac, profesor de ética. Muñoz Ballesta, profesor de filosofía. Martín Miguel Rubio, profesor de latín y griego. Pedro González, jurista. Lorenzo Alonso, economista. Alejandro Pérez, investigador. Fernando. Lírico teatral. Manuel García Viñó, novelista. D. Antón y Jorge Batista, periodistas. Patricia Juárez y Diana Piorno, poetisas. Armando Merino, compositor. Alejandro Garrido, editor de mi obra Ateísmo Estético, arte del siglo XX. Vuestra apremiante impaciencia y el constante aliento de los miembros del MCRC impulsaron mi decisión de escribir esta obra en seis meses, lo cual explicaría de haberse producido alguna imprecisión en las citas de memoria y alguna idea oscura por insuficiente desarrollo conceptual o por deseo de acortar el texto. Reitero mi deuda de gratitud a Miguel RDP, escritor de pensamiento original, fiel traductor de mi teoría pura de la República a lengua inglesa, como también de esta nueva obra. Libro primero. Actualidad de la Revolución Francesa. Hace poco más de 220 años, una imaginativa generación de ilustrados franceses se embarcó en la inaudita odisea de hacer, con una teoría filosófica, una revolución política más completa y comprensible que la monoteísta de Moisés. Pretendió dar un giro de 90 grados a la única relación de poder conocida hasta entonces por los hombres europeos. La revolución astronómica, sentido propio de la palabra revolución, de transformar la verticalidad del mando en horizontal obediencia. Cambiar la sociedad entre desiguales con relaciones de poder sobre el inferior en todas las escalas sociales por una sociedad de iguales sin más relaciones de poder que las establecidas en las leyes que ellos mismos se diesen. Quiso desnudar enteramente al individuo de todas sus herencias culturales y ataduras sociales, salvo las de propiedad, para descubrirlo de repente como formidable sujeto de razón y de voluntad, capaz de encontrar la felicidad para sí mismo y los demás, a través de leyes universales que expresaran con su concurso particular el bien común y la voluntad general para definirlo y procurarlo. Las ideas y palabras que expresan hoy la vida del mundo político europeo provienen de ella. Revolución que cambió el significado de las cosas públicas que revolucionaba y el sentido de las voces que las designaban. El uso de estos vocablos durante más de 200 años los ha llenado de significados distintos, a veces opuestos a los originales, que no permiten entender el lenguaje actual de la política. Esta es una de las razones por las que no hay ciencia política. Nada tiene, por ello, mayor actualidad que la necesidad de conocimiento de los problemas planteados y no resueltos por la Revolución Francesa. Otra razón es la falta de identificación y definición del objeto irreductible de la representación política, que no puede ser confundido con el objetivo o finalidad de la acción política. Sin el descubrimiento del átomo y la célula, no habría sido posible la construcción de las ciencias físicas o biológicas. Es evidente que si la política se encuadra dentro de las acciones humanas de carácter colectivo, el sujeto último y más pequeño de esa acción no puede ser el individuo, en tanto que persona aislada de las demás. La familia puede ser considerada como célula primigenia de la sociedad, pero no primera unidad social con la que se pueda construir el edificio político coronado por el Estado. Para buscar y encontrar esa partícula elemental en la res pública, que es la materia prima de la república, tenemos que recorrer un camino de ida y vuelta desde el hecho revolucionario al hecho republicano. sin dejarnos seducir o espantar por la palabra revolución, que no designa algo definido en la historia de los historiadores ni en la de la realidad francesa que la experimentó. La historiografía no es la historia, pero es el único material disponible para cercanos al conocimiento del pasado cercano. Pocos historiadores han investigado los hechos revolucionarios sin prejuicios ideológicos y sin dar a lo pretérito el significado distópico que mejor se adecuaba a la ratificación de sus cosmovisiones del presente. Las ciencias antropológicas nos han acercado más al conocimiento de la prehistoria que la historiografía al de la historia. Cuanto más lejano sea el tiempo y el espacio de los acontecimientos relatados, mayor será la probabilidad de conocerlos por los residuos que nos han dejado. La historia menos fiable es la contemporánea y la más falsa la del presente. La historia política que condiciona nuestras vidas es peor conocida que la del pasado y acente en los cementerios de la memoria y de las instituciones. Los hechos acaecidos en Grecia y Roma son más objetivamente conocidos que los sucesos revolucionarios de París y San Petersburgo. El modo más agudo de percibir los fenómenos del poder político, haber participado activamente en ellos, no está al alcance de todos los historiadores. La mejor historiografía de la Revolución Francesa está basada en el análisis e interpretación de los documentos que acreditan la veracidad de los hechos y en las creencias de los que los protagonizaron o comentaron en folletos y prensa de opinión. Tomar a esa historiografía como única fuente de verdad para el conocimiento de la Revolución Francesa sería una ilusión tan deformadora de la realidad revolucionaria como la de creer que las declaraciones de los actuales gobiernos europeos y de las opiniones de los mejores periodistas son materia científica para deducir de ella la verdad sobre las causas de la corrupción política europea y de la crisis financiera económica que el estado de partidos, partidocracia, ha provocado con su irresponsabilidad y ánimo de colusión con el oligopolio de las finanzas mundiales. Lo que en la histografía de las revoluciones no es erudición de hechos suele ser mala novela de aventuras. En realidad, como se argumentará después, no hubo verdadera revolución francesa. Los genios literarios de las épocas de transición rápida a otras situaciones colectivas de mutación de los valores sociales suelen ser mejores historiadores que los profesionales. Más que los hechos revolucionarios, les interesan los marcos sociales de donde salen y donde se inscriben. La novela, en el pensamiento derivado de los conceptos y vocabularios creados en la Revolución Francesa, exige estar precedida de una aproximación al conocimiento verídico del hecho revolucionario, en su fase constituyente y en la termidoriana. Eso permitirá reflexionar a contracorriente de las ideas dominantes para destruir las ficciones en que se apoyan los textos constitucionales del estado de partidos y el idiotismo del lenguaje político de los herederos de la revolución francesa, que utiliza palabras ideológicas sin sentido histórico por no atenerse a la realidad ontológica del hecho revolucionario. Newton, 1686, había revolucionado la comprensión de los movimientos de la materia dividua con el descubrimiento de la ley universal que los gobierna. Adam Smith, 1776, acababa de revolucionar la comprensión de los movimientos de los individuos económicos con el descubrimiento de la ley general que los regula en el mercado, mediante la sabiduría de una mano invisible. ¿Por qué no concebir una teoría que permitiera comprender los movimientos políticos con una ley universal que los gobierne? La nueva mecánica ya había logrado el consenso de la comunidad científica por la evidencia de la fuerza de gravedad que equilibra el mundo físico. La nueva economía de la ilustración escocesa estaba alcanzando rango de ciencia entre sus cultivadores porque la ley universal de oferta y demanda parecía regular el equilibrio del mundo económico. Porque dudar de que un mismo consenso también pudiera tener vigencia entre seres racionales tan pronto como acertaran a fundarlo en verdades evidentes por sí mismas sobre los derechos naturales del hombre y en la ley de una ración universal que los ordenara y equilibrará en el mundo político. La experiencia americana no era, para los ilustrados franceses, un ejemplo a seguir. Un pueblo colonial de pequeños propietarios y granjeros no podía calibrar el carácter racional de las fórmulas cuaqueras incorporadas a su declaración de independencia. No las usaron como accionas de los que la Constitución sería su inevitable corolario. Las evidencias morales de sus fórmulas legitimaban la rebelión separatista de la corona, pero no la constitución interna del poder político. El derrotero constitucional americano había equivocado su rumbo. Siguió la anticuada ruta de Montesquieu, balanceada por los aires liberales de Locke, en lugar de la moderna vía de Rousseau, impulsada por el viento apacible de la igualdad y no por el interés de la propiedad, porque era un derecho natural anterior al Estado y a la sociedad, como creía y defendía Locke, el filósofo del parlamento protestante que inspiró a los constitucionalistas americanos. A pesar de la ardiente defensa que hizo el grupo americano dirigido por Lafayette, la mayoría de la asamblea francesa no estimó que el antecedente republicano y federal de Estados Unidos era adecuado a un reino nacional sobrecargado de complejidades feudales y sociales. ni para el propósito de hacer una declaración de derechos ciudadanos de validez universal centrada en la soberanía del poder legislativo en tanto que expresión de la voluntad general. Tampoco era imitable el modelo inglés idealizado por Montesquieu. La nueva teoría científica de la ley, la necesidad lógica de una deliberación común para extraer de ella la voluntad general, excluía toda posibilidad de dividir la potencia legislativa en dos cámaras. Además, el requisito de la igualdad de los individuos era incompatible con una segunda cámara para los privilegiados. La Revolución Gloriosa, la reforma parlamentaria de la monarquía inglesa 1688, precedida de una decapitación regicida y de una república dictatorial, tuvo que ir acompañada de un cambio de dinastía que nadie, salvo el duque de Orleans, deseaba en Francia. El grupo inglés, dirigido por Mounier, Lalito Lendal y Malhout, se debatió en la impotencia. Su recalcitrante insistencia fue aplastada el 10 de septiembre de 1789 por 849 votos en contra. 122 abstenciones y 89 votos favorables. Los representantes del Estado llano estaban condenados a innovar fines y medios revolucionarios, a realizar una revolución universal sin ruptura de la legalidad, con el criterio político del tercer orden, el de los que no eran nada y aspiraban a serlo todo, impuesto a los otros dos órdenes. Habían de procurar el reconocimiento mutuo entre dos soberanías. la que bautizó de nacional la Asamblea de Versalles 17 de junio, única fuente de la ley, y la monárquica, limitada a ser su brazo ejecutor. En definitiva, una revolución dirigida por el propio rey Luis XVI, contra el que no se levantaban los franceses y que pudiera ser modelo universal, imperativo moral y político para todos los pueblos del mundo. Esa quimera duró apenas dos años, desde la toma de la toma de la Bastilla el 14 de julio del 89 hasta la huida del rey a Berenes el 21 de junio de 1791. La virtud moral de sus principios filosóficos y la apariencia lógica de sus aplicaciones prácticas pudieron dar a la mayoría russoniana, dirigida intelectualmente por el Abad Sieyes, La seguridad de vencer las resistencias de la Iglesia y la nobleza se se ponía de evidencia ante la opinión pública que parecía emerger como tribunal constituyente de los nuevos tiempos la mala fe de los que se negaran a su consentimiento. La verdad irrefutable de lo que debía ser tenía que transformar la sociedad entre desiguales por consenso voluntario de la comunidad política en una sociedad de iguales. La fraternidad, fundamento de la ética, volvería a unir la moral a la política, separadas teóricamente desde maquiavelo. Los gobernados ya no acatarían más poder que el impersonal de su voluntad general. La nueva concepción de la ley, como expresión de esa voluntad transubjetiva, haría de la obediencia libre una autoobediencia. La política no sería ya un arte de la habilidad, sino un proceso técnico, el de extraer de cualquier comunidad, por un método científico ultimado por si ella es, la voluntad general. Ese método requeriría la estricta observancia de las mismas fases del proceso mental que conduce a un individuo aislado de toda presión exterior y sin prejuicios heredados del jerárquico orden anterior a tomar y ejecutar una decisión inteligente y favorable a sus intereses puramente humanos. Sólo que sustituyendo la reflexión individual por la deliberación en común, no había que dividir y separar poderes distintos, sino las distintas funciones de un solo poder, proponer, deliberar, votar, aprobar y ejecutar la ley. Las dos únicas funciones inseparables para extraer de ellas una voluntad general que no fuera la simple suma de voluntades parciales o particulares eran la deliberación y la votación. Para aquellos escrupulosos revolucionarios, la constitución debía garantizar tanto el aislamiento social de los individuos para no condicionar la libertad de su voluntad, como la estricta observancia de ese método de producción de leyes para la exacta expresión de la voluntad general. Hoy resulta paradójico que aquella forma de gobierno legislativo consistiera sustancialmente en el gobierno de la forma procesal de producción de la ley. La democracia era el método científico de extraer con pureza, limpiada de adherencias particulares, la voluntad general. El contenido de esa voluntad soberana era indiferente para aquel modo de entender el proceso creador de leyes. Lo decisivo era la deliberación, hasta el punto de considerar erróneos los votos de la minoría que no se hubiera unido al consenso, por no haber sabido captar en el debate cualquier que era la voluntad general, distinta de la mayoría o la unánime, que podían coincidir o no con ella. La distinción entre democracia formal y material, que entonces carecía de sentido, no aparecerá, y solamente como conato, hasta las leyes sobre el máximo del Comité de Salud Pública promulgadas por necesidades sociales durante el terror jacobino. Pero la realidad política y social de la monarquía de Luis XVI puso a los pretendientes a ser legisladores ante un gran escollo. El rey absoluto se negaba a ponerse al frente de esa excelsa y modesta revolución limitada a la esfera de lo legislativo. La iglesia y la nobleza, salvo excepciones en el bajo clero y la aristocracia ilustrada, la temían y la combatían. La razón universal del tercer estado en su primera confrontación con la realidad demostró que por sí sola no era suficiente para definir su objetivo y alcanzar su meta. El arte tradicional de la política, la maniobra, acudió en su ayuda. Los comunes se constituyen ellos solos en Asamblea Nacional el 17 de junio del 89. Todos eran conscientes de que estaban usurpando la soberanía y de que carecían de mandato de sus electores para tomar la decisión constituyente de un nuevo poder que revolucionaba la tradición de los tres órdenes. pero con una energía de la que nunca después darán prueba, retanida en un ultimátum al rey y a los otros dos órdenes que no aceptan el nuevo criterio de votar por cabezas para que se reúnan con los comunes en una sola asamblea nacional. Vencida la resistencia del rey y reunida en una sola asamblea toda la representación nacional el 27 de junio del 89, los comunes la convierten en constituyente el 9 de julio del 89, porque su deber era superior al mandato imperativo del cuerpo electoral. Sin conciencia de su urbación, dictarán la declaración de los derechos que cada hombre puede hacer valer frente a todos, y la constitución de los derechos que todos podrán hacer valer contra uno. Para redactar ese catecismo de los derechos del hombre, así llamado por Barnab, los diputados se alejan del pueblo como Moisés y se retiran al reino de la metafísica para redactar la tabla de los derechos ciudadanos. Tan imbuidos estaban de su doctrina que empiezan a practicarla antes de que entrara mejor. Una y otra vez rechazaban las ansiosas peticiones del pueblo parisino para que lo dotasen de armas defensivas ante la marcha del ejército real sobre la capital. Su argumentación es impecable. El poder legislativo que todavía no tienen no debe interferirse en los asuntos del poder ejecutivo. Si París es ocupado por el ejército extranjero del rey, eso no es de la incumbencia de los legisladores universales de los derechos del hombre. Esta falta de sentido común acompañará siempre a los actores de los futuros acontecimientos. Solo descienden del Sinaí Versallesco cuando el asustado soberano visita por sorpresa a los asustados líderes de los comunes, 15 de julio del 89, y les invita a legitimar y santificar conjuntamente con un T.D.U. los horribles crímenes de la batalla del 14 de julio, cometidos por unos cuantos elementos marginados de la sociedad en las cunetas de la historia. La nobleza y el clero renuncian al feudalismo para capitalizar sus manos muertas, 4 de agosto, cuando el vandalismo de unas masas campesinas dominadas por el gran miedo, ante rumores de venganza de la aristocracia por los hechos criminales de la Bastilla, les hace suponer que sus privilegios peligraban. Por fin, después de 60 días y 60 noches, deciden suspender la redacción 27 de agosto de la Declaración de Derechos, que sólo llegará a completarse después de que una espontánea y nutrida columna de 6.000 mujeres parisinas llegara a Versalles 5 de octubre para arrancar al rey su consentimiento y obligarlo a trasladar su residencia desde el Chateau de Versalles a las Tullerías de París. Dicho brevemente, una usurpación del poder constituyente por parte de los comunes y tres movimientos violentamente espontáneos del instinto popular convirtieron un debate entre 1200 metafísicos, como llamó Condorcet a los diputados, en una declaración de derechos espectacularmente revolucionaria, no tanto por su contenido, similar a la declaración americana, como por el efecto conmovedor que produjo en todo el mundo europeo y, antes que en nadie, en el maravillado y estupefacto pueblo francés. Los diputados creyeron haber terminado con esta declaración una revolución que realmente no había comenzado. La religión, la filosofía y la ciencia, unidas como en tiempos de Moisés, reclamaron la fundación de un nuevo orden político en la tierra prometida de la ley vislumbrada para toda la humanidad por los derechos naturales del ser humano, no necesitados de ser compensados con una declaración de deberes. La ley de la voluntad general tan universal como la de la gravedad y la del mercado, tan exacta como un teorema matemático, conduciría a la felicidad política en la tierra de la promisión de los comunes, del mismo modo que las leyes de la naturaleza llevaban al conocimiento científico de la verdad. Para el optimista filósofo y matemático Condorcet, una buena ley no es para todos los hombres como una proposición es verdadera para todos. El debate sobre los derechos del hombre se clausuró el día 26 de agosto con esta frase de Barer. El principio de distinción y distribución de poderes es para la constitución pública lo que la gravitación newtoniana al sistema del mundo. Más tarde, un día antes de 9 de Termidor, Robespierre dirá en la Convención que la francesa ha sido la primera revolución fundada sobre la teoría de los derechos de la humanidad. La primera, no la última. Lenin y Trotsky emprenderán en 1917 la también desventurada odisea de hacer una revolución política universal y permanente, para demostrar la validez científica de la teoría del socialismo marxista y acelerar el curso de la historia adelantando el ineluctable acceso al poder de la clase obrera. Los crueles experimentos de la historia han rebatido o falseado las dos teorías universales de la revolución, cuyo rotundo fracaso se ha tenido que disimular con la eficacia del subproducto engendrado con ellas, oligocracia de la clase política al oeste y dictadura de la clase burocrática al este, hoy fundidas en el genérico estado de partidos. Afortunadamente, las otras dos modestas revoluciones locales, empíricas y pragmáticas, continúan manteniendo la buena salud de los dos cuerpos políticos más avanzados de la civilización anglosajona, únicas sociedades civiles que permanecieron inmunes al virus totalitario y que producen el rechazo orgánico del virus oligárquico conllevado en las listas de partido con criterios representativos de la irrepresentación proporcional. La declaración de los derechos ciudadanos no era una idea nueva. Utopistas y filósofos habían imaginado antes cosas parecidas. La declaración americana decía casi lo mismo, pero con otro sentido. En la francesa hubo algo radicalmente original en el modo y espectacularmente revolucionario en el efecto. En el modo, la soberanía real se maridaba con la hegemonía intelectual, Telemaco y Emilio, Fenelón y Rousseau. para pregonar que los seres humanos eran iguales en derechos y preservar intangibles los derechos universales a la libertad política y la resistencia a la opresión. En el efecto, la imaginación política de las masas, secularmente atrofiada, puso en las palabras nuevas las esperanzas que no estaban contenidas en el espectacular acontecimiento político de la declaración, más filosófico que efectivamente revolucionario. Poco importaban las circunstancias, nada edificantes de la génesis de esa declaración que, como revolución anunciada, ponía el énfasis en el fin y no en el modo práctico de realizarlo. Lo decisivo no era su contenido, sabido en las conciencias, sino el atrevimiento de proclamarlo pública y solemnemente como descubrimiento repentino del lado oculto de la luna. Es decir, la relación de poder contemplada por primera vez en Europa desde el punto de vista de los gobernados. Lo revolucionario era la nueva visión, la llamada a las conciencias. La onda expansiva de ese descubrimiento conmovió de terror a todas las jerarquías y cancillerías de Europa, de esperanzadas ilusiones populares que aún perduran latentes e inagotables en todos los pueblos del mundo. Francia no anunciaba una simple revolución histórica, como la inglesa y la americana, donde la sociedad civil impregnaría con su sello liberal la igualdad de los derechos ciudadanos y en Estados Unidos la de condiciones. La francesa era la revolución de la historia, la súbita entrada del bondadoso estado de naturaleza en la sociedad civil, algo que habría disgustado a Rousseau y también la salida del hombre de su minoría de edad, Cualquiera que fuese el resultado francés, triunfase o fracasase en su propósito constituyente, el efecto revolucionario de aquella declaración universal ya estaba no sólo conseguido, sino legitimado con el entusiasmo moral levantado en todos los espectadores del mundo. Hecho este que para Kant fue constitutivo de la verdadera revolución. Pero el fracaso total en su realización práctica no fue indiferente para la suerte política de las futuras generaciones del continente europeo, como no lo es tampoco para las actuales el conocimiento de las causas de aquella tragedia que malogró en el teatro de los acontecimientos las esperanzas de emancipación, no tan solo para el pueblo francés en particular, sino para todos los pueblos. Lo que hoy reconocemos de aquel legado espiritual a la ilusión colectiva, lo que en verdad se ha cumplido de aquella promesa revolucionaria, lo que todavía está en vigor en toda Europa continental, son sus reaccionarios desechos termidorianos y napoleónicos. cuidadosamente seleccionados por Benjamin Constant y los doctrinarios franceses como ética liberal. Con ese espejismo, la actual sindicatura estatal de los profesionales del poder ha reconstruido y mantenido la moderna oligarquía, el oligopolio del mercado político, en la forma partidocrática que sustituyó a la parlamentaria. Después de la guerra mundial y de la muerte de los dictadores orgánicos, No hay por eso empresa intelectual de mayor interés que la de indagar la causa primordial del fracaso constituyente de aquella declaración de derechos del hombre tan efectivamente revolucionaria como inoperante en las constituciones europeas que dicen o creen inspirarse en ella. ¿Dónde estuvo el defecto capital? ¿En la abstracción metafísica de su contenido declarativo, imposibilitado de ser perceptivo a causa de su propia naturaleza anómica? en el uso de materiales abstractos inadecuados para la concreta construcción política proyectada, en la ignorancia política y tenebrosa violencia de las masas, en haber seguido la estrategia reformista de Necker con la convocatoria de los estados generales, en lugar de la que propuso Condorcet con la representación piramidal, en la falta de talento político y de moralidad pública de los tenores constituyentes, en la insidia de la corte y de la reina María Antonieta, conniventes con las potencias monárquicas europeas, en el doble juego y traición final del pueblo monarca, en la falta de madurez de los sectores sociales de la burguesía profesional, en la nostalgia de los artesanos por su antiguo modo patronal y paternalista de estar integrados en el trabajo y en la sociedad doméstica, en la juventud de los actores revolucionarios, La primera crítica, la de la abstracción metafísica, partió, curiosamente, de los propios diputados de la Asamblea. El día 27 de agosto del 89, cuando todos esperaban continuar el debate sobre los puntos pendientes de la declaración, Uche señaló la contradicción entre el orden del día y el orden de las necesidades, proponiendo salir de la besta región de las abstracciones del mundo intelectual para volver al mundo real de la constitución de los poderes del Estado. Lo paradójico fue que esos 1200 metafísicos, que habían perdido 60 días en la bizantina discusión de si primero debía ser la declaración o la constitución, aprobaran esa moción con unánime diligencia lo que suponía confesar el error de estrategia hasta entonces cometido. Los conceptos metafísicos de soberanía nacional y voluntad general eran armas apropiadas para superar, o al menos equilibrar, la no menos metafísica idea de encamación de la soberanía de la persona del rey. también sirvieron para ocultar con velos filosóficos el golpe de mano de la usurpación del poder constituyente por los diputados del tercer estado. La segunda objeción, haber empleado materiales inadecuados, pues no se trataba de construir sobre un solar como los americanos, sino de reformar un antiguo palacio, tampoco es pertinente. La influencia de la declaración americana fue más aparente que real, más formal que sustancial. Las ideas de Versalles parecían literalmente las mismas que las de Virginia y Filadelfia, pero su sentido, su empleo estratégico y su función política divergieron profundamente. Si los americanos utilizaron la elevación moral para vencer, los franceses usaron la elevación intelectual para convencer. Los primeros pronunciaron arengas para entrar sin componendas en un combate decisivo del que salir victoriosos. Los segundos se enredaron con retóricas discursivas para salir comprometidos de un debate abstracto. Los colonos hicieron un llamamiento a la movilización popular. Los intelectuales invocaron más altamente la razón para alejarse del pueblo. Los americanos sabían que la constitución tenía que reflejar la modificación de la relación de fuerzas una vez derrotada y expulsada la soberanía del monarca inglés. Los franceses creían que la realidad social y política sería reflejo natural de la declaración, porque esta era a su vez el reflejo de la razón universal. Aquellos fueron realistas, estos ilusos. Los derechos naturales del hombre fueron para los americanos un medio de corregir los defectos de su primera constitución. La segunda y las enmiendas de 1791 introdujeron el mando y la responsabilidad personal del sistema presidencial junto con la idea realista de que todo poder abusa si no está frenado por otro poder. En cambio, los derechos naturales fueron para los franceses la finalidad constitucional del poder legislativo bajo la idea optimista de que, por principio y naturaleza, la Sagrada Asamblea, la representación popular, no podía abusar de su poder y sólo emitiría leyes justas. El órgano, la Asamblea, era tan sagrado como su producto, la ley. La más injusta objeción contrarrevolucionaria atribuye el fracaso revolucionario a la falta de madurez y de experiencia de la libertad en un pueblo sometido durante varios siglos a una monarquía absoluta. Quien contesta es Kant. Confieso no poder hacerme muy bien a esta expresión que usan los hombres sensatos. Un cierto pueblo, tratando de elaborar su libertad legal, no está maduro para la libertad. Los siervos de la tierra no están maduros para la libertad, y tampoco los hombres están todavía maduros para la libertad de conciencia. En una hipótesis de este género, la libertad no se producirá jamás, porque no se puede madurar para la libertad si no se ha sido puesto previamente en libertad. Sin tener en cuenta que desde las primeras elecciones revolucionarias ya se distinguió entre ciudadanos activos y pasivos, la misma hipótesis contrarrevolucionaria fue empleada luego contra el sufragio de los no propietarios, de los no contribuyentes y de las mujeres. así como contra la emancipación de los esclavos, contra la independencia de las colonias y, todavía hoy, contra la auténtica democracia formal y el sistema electoral de libres mayorías sin censo previo de elegibles en listas de partido. Las constituciones que imponen el sistema electoral de listas de partidos, elaboradas por una docena de personas, demuestran la desconfianza que la clase política tiene en el pueblo objeto al que tanto halagan antes y después de las elecciones por la madurez demostrada en cada una de ellas. Los hechos históricos no ratifican esta interpretación reaccionaria del fracaso de la revolución por una supuesta inmadurez del pueblo francés. Antes de la huida de Luis XVI, las masas populares habían tenido más instinto de la libertad y más sentido político que la asamblea. Sin la Bastilla, sin los amotinamientos campesinos del Gran Miedo y sin la marcha de las mujeres parisinas a Versalles, no es posible imaginar siquiera la abolición del feudalismo que no estaba en el programa de la asamblea ni en la aprobación por el rey de la declaración de derechos. Lo verdaderamente odioso de los crímenes que acompañaron a estos espontáneos movimientos populares, lo profundamente inmaduro no estuvo en los delitos ocasionales, sino en su legitimación por el rey y la asamblea que los santificaron con un Tedeum en Nostredame. No puede ser históricamente probado que el fracaso de la declaración de derechos se debió a que la revolución fue puesta a la defensiva, dentro de la estrategia reformista de Necker dirigida desde el Estado, y a que no surgió de un movimiento consciente de sus fines desde la sociedad gobernada, como pudo haber ocurrido si hubiera prosperado la iniciativa de Condorcet, contrario a la convocatoria de Estados Generales. Este filósofo y matemático propuso una pirámide de asambleas escalonadas de propietarios. Lo que sí está probado es que el US-16 dio la primera estocada y la última puntilla a la Constitución del 91. Las dos últimas hipótesis, el defecto de condiciones subjetivas, se reducen en realidad a la falta de talento de los constituyentes. La simulación de Luis XVI estuvo fomentada por la táctica de la ficción de la asamblea, empeñada en salvar la monarquía, creando ante la opinión pública la imagen de un rey cuyo corazón deseaba regenerar su reino, pero cuya cabeza seguía los perversos consejos de la corte y la aristocracia. Como diseñador de esta imagen piadosa, Mirabeau alcanzó la apoteosis de su genialidad para el engaño. El talento político se distingue por su capacidad para tomar y no perder la iniciativa de la dirección de los movimientos constituyentes de un nuevo orden. Basta tener un conocimiento somero de la primera etapa de la Revolución Francesa para saber que la Asamblea, salvo en los seis días siguientes al golpe de mano de Sieyes, 17 de junio, Para usurpar la soberanía nacional, jamás tuvo la iniciativa en el proceso que la transformó en constituyente. Aunque sí tuvo el inteligente oportunismo de rentabilizar políticamente, junto con el rey, las explosiones de violencia y las iniciativas criminales de unas turbas urbanas abandonadas a su suerte. Esto no quiere decir, en modo alguno, que la asamblea no contase con unos hombres extraordinariamente dotados para la retórica. pero lo que sí demostraron es que no lo estaban para dirigir una revolución política ni para anticiparse y prevenir el comportamiento de las masas. Entre tantas cabezas ilustradas, nadie tuvo instinto militar para calibrar en cada momento la situación de las fuerzas sociales en presencia. Bernabé, el primer intelectual que pensó en términos de clases sociales y que descubrió en la burguesía el factor social determinante de la situación revolucionaria, perdió sus posibilidades dirigentes cuando... Justificó demagógicamente los asesinatos del ministro Foulon y del intendente Berthier, 22 de julio, que tanto impresionaron negativamente a Babeuf y al joven Saint-Just. El inoportuno y torpe comentario de Bernabé se expandió por toda Francia. ¿Es que su sangre era tan pura? La Asamblea Constituyente fue víctima de la brillante y profunda inmoralidad sin fondo de Mirabeau, Adorado y aplaudido y no seguido. De la enfermiza vanidad, pavor al pueblo, dogmatismo intelectual y oportunismo personal del abad Sielles. Seguido y no aplaudido. De las intrigas y maniobras estériles del duque de Orleans, ni aplaudido ni seguido. del formalismo jurídico del honrado Mounier, respetado y abandonado, y de la manía de grandeza y mediocre inteligencia de Lafayette, admirado, querido y no escuchado. La comparación entre los tenores políticos de la Asamblea y los talentos de la Revolución Americana Washington, Jefferson, Adams, Hamilton, Madison, induce a pensar en una causa social que explique el defecto de condiciones subjetivas para la acción política revolucionaria, tanto en la etapa reformista del Estado como en la fase convulsiva de la Revolución. Los prohombres del 89 revelaron la misma clase de insensibilidad para percibir las relaciones sociales de fuerza, la misma dificultad de adaptación a la nueva situación, que la ostentosamente mostrada por la típica figura del indiano en su país de origen, en contraste con el dominio de las situaciones que caracterizó al criollo norteamericano. Los autores de la declaración francesa actuarán como el indiano que regresa a los suyos para entrar en sociedad con el estatuto adecuado a su reciente riqueza. Renegaron a la condición heredada. Emigraron a su estado de naturaleza donde todos los seres tenían iguales derechos a la libertad y a la propiedad. Volvieron a la civilización cargados con ese tesoro individual. Llegaron al punto de partida, pero revestidos de los atributos adquiridos en tan original excursión. Utilizaron su tesoro de valores para anotar nuevas relaciones civiles y construir un nuevo edificio familiar. que preservara la riqueza de sus nuevos derechos y los introdujera en el codeo social con la alta sociedad tradicional. El triunfo de la rebelión criolla de la Declaración de Filadelfia pone de relieve la causa de los defectos subjetivos que motivaron el fracaso de la Revolución Indiana de la Declaración de Versalles. La educación ilustrada de los miembros de la Asamblea, su fe en la razón como único factor revolucionario, los hizo impermeables a las relaciones sociales de fuerza. Confiaron en el acuerdo de los viejos poderes con la nueva riqueza moral del poder constituyente. El fracaso revolucionario de la declaración expresó la imposibilidad de una revolución por consenso. En resumen, cuatro grandes revoluciones pretendieron cambiar el antiguo régimen por nuevas concepciones racionales del mando y la obediencia. El banco de pruebas de la historia ha emitido su veredicto. La americana ha conseguido su propósito inicial. La primera en el tiempo, la inglesa, lo ha logrado en gran parte, pero las dos últimas se han saldado con un rotundo fracaso de sus ilusorias pretensiones. No se muda la naturaleza del poder cambiando de soberano y dejando intacta la soberanía. La revolución francesa permutó al rey absoluto por la nación, es decir, por la oligarquía de la clase política que asumió la soberanía absoluta de su representación. La revolución rusa trocó al zar autócrata por el partido único que asumió la soberanía autócrata del Estado totalitario. En contraste con los países europeos que respiraron los efluveos de la revolución francesa, los Estados Unidos y Gran Bretaña han resistido durante dos siglos formidables embates de guerras civiles y mundiales, depresiones económicas, bárbaros nacionalismos y hasta sus propios imperialismos, sin merma de las libertades individuales ni de la independencia de la sociedad ante el Estado. La profunda diferencia entre la autenticidad formal de la democracia norteamericana y la función representativa de los regímenes europeos deriva del diverso modo en que una y otros enfocaron la solución del problema de la legitimación de la autoridad estatal. Para contar con la probabilidad de obediencia entre seres iguales al otro lado del Atlántico, se puso el énfasis en el libre consentimiento de los gobernados. A este lado, en el carácter impersonal y metafísico de la soberanía nacional o popular. Allí se concretó el poder en personas singulares y responsables de sus actos políticos, aquí en facticios entes individuales o colectivos políticamente irresponsables en tanto que soberanos. Allí se legitimó el ejercicio del poder por su actuación, aquí por su constitución. Cuanto más individuo controlado y responsabilizado esté el poder en los Estados Unidos, mayor será la quiescencia. Cuanto más unido y descontrolado sea el poder de los Estados europeos, más fácilmente obtendrá obediencia. Los individuos son voluntariamente ciudadanos en Norteamérica. En Europa, forzosamente. La situación ideal sería allí la autonomía de la sociedad civil. Aquí, su absorción por el Estado. El voto electoral, allí es un derecho o una facultad. Aquí, una obligación jurídica o un deber cívico. Los fundadores de los Estados Unidos crearon la autoridad política con tres legitimaciones que ningún otro pueblo ha podido igualar. Legitimación moral de la ruptura con la corona británica mediante la declaración de independencia de 4 de julio de 1776. Legitimación republicana de la Constitución Federal de un poder personalizado y electivo, con la segunda constitución redactada por un comité presidido por Washington, tras el insólito hecho que tanto impresionó a Tocqueville según confiesa en la democracia en América, de la autosuspensión del poder colegiado que estableció la primera constitución. Legitimación democrática del ejercicio del poder mediante las enmiendas constitucionales de 1791, presentadas por Madison como barreras contra el poder en todas las formas y en todos los comportamientos del gobierno. Sin conquista previa de la libertad política, todos los derechos y libertades tendrán forzosamente la naturaleza de otorgados. Y todo lo otorgado, como todo lo que no tiene base propia de sustentación, puede ser rabocado. La libertad constituye los derechos, no los derechos a la libertad. Los rebeldes de ultramar encontraron su inspiración en la interpretación igualitaria de la Biblia de los sermones cuáqueros, en la interpretación liberal que hizo Locke de la Bill of Rights en 1689 en la balanza de potres de Montesquieu. En el Common Sense de Paine, de donde Jefferson tomó la idea de sustituir el derecho a la propiedad por el de búsqueda de la felicidad, pero el factor decisivo y la diferencia con las otras tres revoluciones europeas fue la circunstancia histórica de que el verdadero enemigo a batir era un poder parlamentario. Una vez vencido, no podía ser tomado como modelo imitar. La naturaleza mezquina de interés y degenerada de intelecto de este tipo de poder legislativo se evidenció al rechazar el proyecto de Franklin propuesto por su amigo Edmundo Burr, para que la corona conservara las colonias a cambio de una misma libertad y una misma igualdad para todos los ciudadanos del imperio. Solo 49 diputados sobre más de 600 comprendieron que la lucha de la libertad contra la soberanía parlamentaria inglesa, tapadera de los monopolios coloniales, tenía que cambiar de escenario y de naturaleza. Cuando Franklin desembarcó de la península Paquet, ante una muchedumbre que coreaba América para los americanos, había tenido lugar en Lexington la primera batalla de la Guerra de la Independencia. El pueblo americano para quien Washington buscaba dinero y un ejército va a recibir el día 4 de julio de 1776 el maravilloso regalo de un arma tan poderosa, hasta entonces desconocida, que en pocos días puso en pie de guerra a toda la nación. La vinculación de la idea de la patria a la libertad de los individuos causó el llamamiento a filas milicianas que, sin decirlo, hizo aquella histórica declaración original. Años más tarde, y en homenaje a su efectiva contribución a la historia militar, se puso como preámbulo de la Constitución. Un acto protocolario que los constitucionalistas europeos copiaron, creyendo que era una técnica constitucional para que en un solo documento las normas se derivaran como corolarios de un axioma preambular. El pueblo tiene el derecho de cambiar o de abolir toda forma de gobierno que devenga destructora de la única finalidad que lo fundamenta. Asegurar el disfrute de los derechos individuales y, en primer lugar, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Tal ha sido la paciencia de estas colonias en sus males y tal es hoy la necesidad que las fuerza a cambiar su antiguo sistema de gobierno. En el salón de Camperters Hall de Filadelfia, sin solemnidad ni espectáculos, los delegados de las colonias unidas estamparon sus firmas al pie del pergamino caligrafiado con el texto de Jefferson. apenas corregido por Adams, Franklin, Sherman y Livingston. Nos comprometemos mutuamente a sostener esta declaración con nuestra vida, nuestros bienes y nuestro honor. Jefferson verá en esta lealtad el secreto de la democracia. La declaración de independencia desempeñó una doble función. Inicialmente, fundó el patriotismo nacional sobre evidencias morales de libertad y igualdad de derechos por encima del egoísmo de los estados. Finalmente, preservó una esfera de derechos y libertades individuales fuera del alcance del propio poder representativo. Con el tiempo, aquel primitivo patriotismo moral ha degenerado en nacionalismo imperialista. pero todavía conserva la hozanía de separación de lo civil y lo político y, sobre todo, la garantía constitucional contra el abuso de poder de las autoridades representativas. En la Revolución Francesa el feudalismo no fue abolido por el capitalismo. La circulación de rumores falsos de que cuadrillas de bandoleros deambulando por los caminos de la campiña francesa se disponían a robar las cosechas y a despojar de sus enseres a los aldeanos provocó durante los diez últimos días de julio del 89 siete oleadas independientes de pánico entre las masas campesinas. Se armaron defensivamente y, al no encontrar a enemigo imaginario, descargaron su furia contra los símbolos de los derechos feudales. En un momento de diálogo entre Estado y sociedad para refundar la monarquía y un sistema fiscal favorable a los profesionales y los propietarios rurales, se levantaron masas campesinas y actuaron como las jaquerías medievales. A estas oleadas de destrucción de los registros inmobiliarios respondieron los más ricos y poderosos señores del reino con su renuncia al feudalismo. Este profundo misterio no inquietó demasiado a los historiadores de la Revolución Francesa del siglo XIX y el primer tercio del XX. Describieron aquella noche del 4 de agosto de 1789 como triunfo del modo de producción capitalista sobre el feudal. Los grandes acontecimientos colectivos del pasado son generalmente explicados como actos personales impulsados por sentimientos individuales de nobleza , por las ideas generales de cada época , por las cristalizaciones de series cuantitativas de pequeños hechos acumulables , por el desarrollo del espíritu objetivado de los pueblos, historia dialéctica, o por los intereses materiales de las clases sociales, historia determinista. Ninguno de estos métodos de investigación ha dado cuenta cabal de la realidad englobada en el recipiente que pretende contener la revolución francesa. Cada ideología encuentra en él lo más afín a ella. Fuera de las revelaciones religiosas sobre la naturaleza caída del hombre y su redención por el perdón o la gracia, solo algunos grandes genios como Rousseau o Freud se atrevieron a remontar el curso histórico del pecado hasta llegar al inocente hombre natural o a la consciencia insoportable de la primera culpa parricida. de donde surgiría el estado de sociedad o de civilización mediante un pacto social o consenso unánime de renuncia libremente sublimada a la libertad natural. Pero utilizar estas dos poesías antropológicas para dar razón de hechos contemporáneos sería tan iluso como explicar la evolución biológica de las especies mediante la herencia, en cada generación, de los caracteres adquiridos por el antecedente. Pese a ello, el psicoanálisis del inconsciente colectivo ha sido intentado, sin éxito, por algunos historiadores de la Revolución Francesa. No es extraño que Fouret y Richet tuvieran que retirar en la reedición de la Revolución Francesa los textos dedicados a una insensata aventura intelectual. El pecado francés no fue regicidio. Tal vez tuvo carácter edípico el voto del duque de Orleans. Pero la decisión de condenar y ejecutar a Luis XVI estuvo motivada en razones de estrategia ante la amenaza de invasión militar contenida en el manifiesto del duque de Brunswick. De buscar otras motivaciones en aquella dramática votación, tendría más fundamento enfocar la atención hacia el hecho, cuestión ni siquiera explorada, de que los regicidas fueron los mismos que seis meses antes para no deponer al rey. Cuando huyó hacia la frontera donde lo esperaba el ejército enemigo, inventaron la irresponsable ficción de que no estaba huido, sino raptado. Solamente Robert, Condorcet, Payne y el Club de los Cordeliers tuvieron el coraje y la dignidad de decir la verdad al pueblo. Precisamente los mismos diputados que después votaron contra la condena a muerte de Luis XVI y propusieron su destierro a Florida. Tan gravísima traición al pueblo, formalizada en un decreto de la Asamblea Constituyente, fue el cemento que fraguó por primera vez en la historia el bloque de una clase política como realidad social contraria e incompatible con el interés popular. La revolución fue iniciada contra la traición de la representación. Como enseguida se verá, no fue la toma de la bastilla, sino esta traición de los diputados a sus representados, lo que constituyó el hecho original de que, por estricta naturaleza política, puede ser considerado determinante de la transformación del espíritu de reforma que imperaba desde la convocatoria de los estados generales en espíritu revolucionario del pueblo parisino que, enteramente dominado por el espíritu de sospecha, nunca más daría su confianza a la representación política. La revolución francesa tenía, sin duda, causas lejanas y profundas, pero la forma particular que revistió a partir de la gran mentira los asaltos violentos de las masas de los suburbios y secciones urbanas de París a la sede de la Asamblea y a la Convención, siempre estuvieron impulsados por la sospecha de traición. La historia de los acontecimientos fue una monótona repetición de la desconfianza de los gobernados en todas las materias tratadas por gobiernos de facción desde el PAN a la guerra. Si la diputación no hubiese engañado entonces al pueblo, la fundación de la república, el cambio de la dinastía o la instalación de una regencia no hubieran exigido la eliminación física del rey y la reina. Bajo una monarquía absoluta, la diputación política solo podía tener existencia virtual en tanto que emisora de opiniones y no de voluntades. solo podía constituir, en el mejor de los casos, opinión pública. Por eso, la revolución francesa pudo realizarse en los espíritus antes de fracasar en los hechos. Sin las revueltas ciudadanas, los motines campesinos y la marcha de las mujeres, fenómenos ajenos a la revolución operada en las mentalidades de las capas ilustradas, se habría podido, tal vez, reformar la monarquía absoluta, transformándola en relativa o limitada por la opinión. Pero la cuestión del poder, tema único de las revoluciones políticas, no es materia de opinión, sino de voluntad. La clase intelectual se transformó por ello en clase política en el preciso momento en que dejó de ser opinante y se convirtió en decididora. En su primer acto de voluntad perdió la inocencia. Cayó en la culpa original de querer ser como el soberano, saborear la fruta prohibida, ser legisladora, pues la ley es una simple opinión a la que una voluntad de poder externa comunica fuerza coactiva. Bajo la soberanía de Luis XVI, el estado de la opinión francesa había sido recogido en una gigantesca encuesta social, la mayor que jamás haya sido realizada. como lista de agravios o quejas, para que la voluntad absoluta del soberano Oyéndola en los estados generales, suprimiera los privilegios de la nobleza, admitiera en los cargos públicos a las clases burguesas, eliminara las servidumbres personales al feudo, mitigara la miseria y atendiera al interés de la nación en las leyes fiscales. Cuando el 8 de agosto de 1788 se publica la fecha de reunión de los estados generales en Versalles, para el 1 de mayo de 1789 ya se había celebrado la asamblea de los tres órdenes. con los delegados de los ayuntamientos de Daupiné, 21 de julio, en el castillo de Bicil, que había sido cuidadosamente preparada por los abogados de Grenoble, Munier y Barnab. Además de reclamar el restablecimiento de los estados provinciales y la inmediata convocatoria de los generales, lo acordado en aquella reunión, la igualdad del número de miembros del tercer estado con la suma de los miembros del clero y la nobleza, rebasaba los límites de lo que el equilibrio de la monarquía absoluta podía tolerar. La unidad de la reacción en las más altas esferas del Estado y en el círculo íntimo de la propia realeza no tardó en manifestarse de forma pública. El Parlamento de París y la Asamblea de Notables reunida por Necker el 6 de noviembre de 1788 decidieron que los Estados Generales serían compuestos en la forma observada en 1614, sin doblar los diputados del tercer orden y no votando por cabezas sino por órdenes. Pero la presión de la facción llamada Patriota o Nacional, Sociedad de los 30, Club de Valois, Condorcet, Brichot, Duque de Orleans, Lafayette, Mirabeau, Sieyes, Taylor Hunt, obligó a Necker y al Parlamento de París a consentir la duplicación de los votos del tercer estado. El día 12 de diciembre de 1788, el conde de Artois, el príncipe de Condé, el duque de Bourbon, el duque de Engien y el príncipe de Conti dirigieron a Luis XVI un mensaje sobre el peligroso estado inestable de la situación política causado por la aparición de un nuevo fenómeno revolucionario, la opinión. Sir, el Estado está en peligro. Una revolución se prepara en los principios de gobierno. Está conducida por la fermentación de los espíritus. Instituciones reputadas sagradas por las que esta monarquía ha progresado durante tantos siglos son convertidas en cuestiones problemáticas o, incluso, denunciadas como injusticias. Todo autor se erige en legislador. Quienquiera que lance una proposición intrépida, quienquiera que proponga cambiar las leyes, está seguro de tener lectores y sectarios. Tal es el desdichado progreso de esta efervescencia, que las opiniones que habrían parecido hace poco tiempo las más reprensibles, hoy parecen razonables y justas. Y lo que indigna hoy a las gentes de bien pasará tal vez por ser regular y legítimo en algún tiempo. ¿Quién podrá decidir dónde se detendrá la temeridad de las opiniones?