La Vejez Introduccion Lagrímas en la lluvia 10-02-2013
Transcripción
Locutor 00
Muy buenas tardes a todos, bienvenidos a esta centésimo segunda entrega de Lágrimas en la Lluvia, el programa que aspira a marcar la diferencia en complicidad con un público diferente. Si echamos la vista atrás hacia la noche de los tiempos y tratamos de hallar algún rasgo constitutivo común entre las civilizaciones más diversas, tanto en su religión como en su grado de desarrollo cultural o en su ubicación geográfica, descubriremos que casi todas se distinguieron por honrar a sus ancianos. En efecto son raras las formas de comunidad humana en las que los viejos han sido despreciados o condenados a la irrelevancia y todas ellas se han caracterizado por desaparecer pronto. En la antigüedad los ancianos ocuparon siempre los puestos más encumbrados de la organización social como custodios de las tradiciones del pueblo, depositarios de una sabiduría ancestral y espejo en el que los jóvenes se contemplaban. Ellos eran reyes y consejeros de reyes, sumo sacerdotes, oráculos y profetas. Ellos eran patriarcas y tutores de sus respectivas familias y clanes. Y se les rendía respeto y veneración, pues se reconocía en ellos un conocimiento profundo de las cosas, nacido de la experiencia y de la meditación, que les permitía avizorar el futuro con mayor clarividencia y ecuanimidad. La sabiduría acumulada de los ancianos, su magisterio vivo, su prudencia cautelosa fueron tenidas tradicionalmente como el más preciado tesoro por quienes nos precedieron. Y los ancianos fueron durante siglos el corazón de nuestra civilización. En el seno de la familia, en la organización política, en el culto religioso, en los foros intelectuales, su voz era escuchada y sus consejos atendidos. Y a ellos se encargaba la formación de las nuevas generaciones. Este papel activo y medular que los ancianos desempeñaron en otras fases de la historia fue puesto en solfa en épocas recientes, bajo un disfraz cínicamente humanitario. Se entendió que los viejos ya habían prestado en su juventud y madurez el servicio que la sociedad les demandaba y se estableció... que debían completar su vida descansando de pasadas fatigas. Así, bajo esta máscara jubilar, los viejos fueron confinados en un arrabal de inactividad y poco a poco, desposeídos del puesto que tradicionalmente ocupaban en la sociedad, se fueron convirtiendo en rémoras. Expulsados de la vida pública, su consejo dejó de alumbrar la política. Apartados de las labores docentes, su enseñanza se eclipsó y hasta fueron despojados del lugar preeminente que ocupaban en el seno familiar, a medida que se difuminaba el mandato humano y divino de honrar a los padres. De manera casi imperceptible, los ancianos dejaron de ser el más preciado tesoro de la comunidad para convertirse en su mayor lastre, pues solo se vio en ellos una fuente inagotable de gasto asistencial. Y todo esto ocurría, paradójicamente, mientras la sociedad, ensimismada en su bienestar, envejecía a una velocidad creciente. Pero detrás de este desprestigio de la vejez se ocultan taras sociales muy profundas. Ante todo, una destrucción de los vínculos intergeneracionales que aseguran la identidad de las comunidades humanas, que cuando reniegan de la tradición que las nutre, acaban convertidas en organismos invertebrados, huérfanos de una ideología espiritual y fácil pasto de la opresión. Una sociedad que ha reducido a sus viejos a la irrelevancia es una sociedad que por no saberse mirar en su pasado está incapacitada para afrontar su futuro. Por eso hoy más que nunca se hace necesario rescatar ese venero de sabiduría y ejemplaridad que representan nuestros viejos. Sobre la vejez y la necesidad de recuperar el magisterio de nuestros ancianos hablaremos hoy en compañía de cuatro viejos lúcidos y sabios que siguen con más de 80 años brindándonos su magisterio. Son Manuel Carreira, José de Palacios Carvajal, Antonio García Trevijano y Alberto Ruiz de Galarreta. Les prometo... Un coloquio formidable. Pero antes, como siempre, María Cárcava les anticipa la película que lo ilustrará.
Locutor 01
Muy buenas tardes, Juan Manuel, y muy buenas tardes a todos ustedes. Esta tarde les proponemos que se queden con nosotros para ver fuera de juego una divertida cinta de factura española dirigida por el gran genio de Fernando, Fernán Gómez, en 1991. Además, fue el mismo Fernán Gómez el responsable de guionizar esta cinta en colaboración con el peculiar y polifacético actor, director y productor José Truchado. De la música se encargó Mariano Díaz, quien ya había colaborado con el director en dos ocasiones anteriores, en El mar y el tiempo y en Siete mil días juntos. El prolífico Juan Amoró se responsabilizó de la fotografía de la película que arranca con un partido de fútbol televisado en la sala de una residencia de ancianos. Unos ancianos un tanto levantiscos cuya pasión por el esférico les llevará incluso a perpetrar el robo de 3 millones de pesetas en una sucursal bancaria. Sí, sí, como lo oyen, septuagenarios y octogenarios perpetrando un atraco en toda regla, pero será, créame, por una buena causa. Estos venerables ancianos estarán interpretados por lo mejorcito del cine español. José Luis López Vázquez, Serán, Selmo, Fernando Fernán, Gómez, Aníbal, Luis Escobar Alfonso, Alfonso del Real Juan, Tomás Zori José y Manuel Alexandre Luis. pero que sería de un cuento contemporáneo sin la bruja. Y la bruja de esta película, que al final no lo será tanto, será la madre directora de la residencia de ancianos, Sor María y su hilarante y aparente crueldad modelada como si fuera plastilina por las manos de una de las mejores actrices del cine español de todos los tiempos, María Esquerino. completarán el reparto un jovencísimo Gavino Diego recién licenciado en Derecho y Tina Sainz. Una última precisión, verán ustedes al comienzo de la película una dedicatoria a uno de los actores más queridos de nuestro cine, Luis Escobar, marqués de las marismas. Y es que con 82 años Luis Escobar fallecía en su domicilio sin haber terminado el rodaje de esta película. Con Fuera de Juego les dejamos que ustedes la disfruten.